4 comentarios en “Al aparecer fallas en el bipartidismo, se desmoronaba la corona”

  1. Odón se reserva

    Cuatro horazas de vellón atendiendo a pie firme al primer acto de la pamema para atornillar la sucesión borbónica, y aquí me tienen, incapaz de sobreponerme aún a la sensación de irrealidad. O quizá a lo contrario, al brutal baño de realidad. Esos y esas son los que nos representan, joder qué tropa.

    De acuerdo, no caeré en el vicio generalizador. Ha estado muy bien Uxue Barkos, diciendo y votando lo mismo. Me ha gustado el discurso -¡por fin!- decididamente republicano y sin medias tintas de Aitor Esteban, aunque lo hubiera apreciado mucho más con la guinda de un no rotundo en lugar de la abstención justificada (barco, animal acuático) en el tecnicismo.

    Sabino Cuadra, Lara, Bosch, Baldoví y Olaia Fernández han puesto proa a los Capetos con digna convicción y, según los casos, parraplas mejorables. Fuera de concurso, el zigzagueo palafrenero de Durán para no enfadar demasiado ni a la dinastía ni a Artur Mas, que ya empieza a estar hasta el mentón del huésped del Palace.

    Entre los del sí requetesí, Carlos Salvador oliendo a cuneta, Rosa Díez besuqueando el sistema que tanto critica y que le paga sus caros caprichos, Alfonso Alonso imitando a un Pemán de cuarta regional y a punto de ensañar los gayumbos bordados de coronas.

    Y luego, Pérez Rubalcaba, el Groucho de Solares, bufando que se puede querer dos sistemas a la vez y no estar loco, lo que Madina Muñoz, Eduardo ha certificado sonoramente: «¡Sí!». Es lo que hay.

    ¿Nos queda Odon Elorza en la reserva?

  2. "jumping the shark"

    La abdicación ha sido un buen golpe de efecto para la monarquía. Como esas series de televisión que se prolongan durante temporadas tan sólo por inercia, la Casa Real ha necesitado un inesperado giro de guión para recuperar la atención de los ciudadanos. Ha habido que cargarse al protagonista, un recurso que denota una cierta desesperación, con la confianza en que el sustituto dé lugar a nuevas tramas que despiertan el interés de la audiencia y de los anunciantes.

    No ha sido lo que en inglés llaman «jumping the shark», un acontecimiento tan imposible de creer que desafía la credulidad del espectador más dócil. El guionista pisaba terreno seguro. El príncipe es todo lo que no es su padre: no es viejo, no está enfermo, no ha recibido préstamos (ustedes me entienden) de las monarquías petroleras del Golfo Pérsico, no ha sido elegido por Franco, no ha tenido relaciones con princesas alemanas, no pertenece a una época en que las cosas se contaban en blanco y negro.

    Pero, como ocurrió en ‘Perdidos’, un arranque espectacular de una nueva temporada puede dar lugar muy pronto a la repetición de los trucos que ya habían perdido todo su gancho. Y no se debe descartar algo peor. Los guionistas pueden perder la cabeza y, al no poder volver a cargarse al protagonista, hacer que aparezca el tiburón. En el caso que nos ocupa, intentar que el nuevo rey sea lo que no puede ser un monarca constitucional en Europa occidental: un actor activo del sistema político que se implique en los debates públicos, que tome partido por unas posturas políticas frente a otras y que por tanto pierda la neutralidad que es requisito imprescindible de su posición.

  3. Siete diferencias

    Siete diferencias entre las coronaciones de Juan Carlos y Felipe de Borbón

    Principios del Movimiento vs Constitución

    Juan Carlos de Borbón fue proclamado rey de España en el Congreso dos días después de la muerte del dictador Francisco Franco. En esa ceremonia el sucesor de Franco juró acatar los Principios del Movimiento Nacional del régimen franquista, mientras que Felipe VI se someterá al cumplimiento de la Constitución de 1978.

    Distintos motivos de ausencia paterna

    Juan de Borbón no asistió a la proclamación de su hijo Juan Carlos como rey de España y este no estará presente en los actos oficiales de coronación de Felipe VI, salvo en el saludo familiar desde el Palacio Real. Los motivos de las faltas son distintos: mientras el hijo de Alfonso XIII era el sucesor natural de la Jefatura del Estado, pero no llegó a reinar por voluntad de Franco; el rey Juan Carlos llega a su renuncia con problemas de reputación y Zarzuela ha preferido que ocupe un segundo plano para no restar «protagonismo» a Felipe y Letizia.

    No a la misa

    El principal cambio que ha buscado Zarzuela ha sido el giro a la laicidad del acto de coronación de Felipe VI, que no jurará sobre un crucifijo ni una biblia y cuya celebración no incluirá actos religiosos. Por el contrario, cinco días después del acto oficial que proclamó a Juan Carlos en el Congreso, la Iglesia de San Jerónimo El Real acogió la ‘Misa de Espíritu Santo’ como parte de la coronación del monarca.

    Cristina no estará

    La infanta Cristina era una niña de 10 años cuando asistió a la proclamación de su padre. Ahora, apartada de la agenda de la familia real desde 2011 e imputada en el caso Nóos, Cristina de Borbón no estará presente en la coronación de su hermano, que se ha alejado notablemente de los duques de Palma tras su implicación en la trama corrupta vinculada al Instituto Nóos, que dirigía Iñaki Urdangarin. Las ausencias de Juan Carlos I y su hija serán notables dado que a la cita acudirán el resto de familiares: la reina Sofía, la infanta Elena, las hijas de los príncipes e incluso las hermanas del rey saliente, Pilar y Margarita. Las dos hermanas del rey acudieron hace 39 años a la proclamación.

    Dudas sobre la ruta en descapotable

    Juan Carlos y Sofía llegaron a la Iglesia en la que se celebró la misa de coronación en un Rolls Royce negro con capota. A la salida, cambiaron de vehículo para hacer el cortejo por el centro de Madrid y se subieron en un descapotable de la misma gama. La Casa Real quiere que Felipe y Letizia sigan ese patrón, pero Interior se muestra reticente y ha planteado que el coche sea cubierto por motivos de seguridad. El departamento ha elevado a 3 el nivel de amenaza terrorista ese día.

    Falta de clamor y gentío

    Miles de personas salieron a la calle en noviembre de 1975 para dar la bienvenida el recién coronado rey. Era el clamor por el fin de una etapa dictatorial que se había prolongado durante casi cuatro décadas. Zarzuela ha previsto un cortejo desde el Congreso hasta el Palacio Real. Ese día es fiesta en Madrid y las previsiones de asistentes al paseo pueden quedarse en nada, como sucedió en la boda de los príncipes de Asturias hace 10 años, cuya llegada a la catedral se produjo bajo una gran tormenta.

    Sin autoridades extranjeras

    La princesa Gracia de Mónaco, los reyes de Grecia, representantes de Kuwait, Arabia Saudí, Nigeria, Mauritania, Camerún, el príncipe heredero de Marruecos, príncipes y nobleza europeos… Todos ellos, vestidos con sus mejores galas, acudieron a la coronación de Juan Carlos. La imagen de austeridad que quiere dar Zarzuela en esta ocasión no contempla, por el momento, la presencia de autoridades internacionales.

  4. En principio, ya lo anuncié en el artículo del lunes 14 de abril, yo sólo iba a hablar hoy del Desembarco de Normandía, del famoso “Día-D”, en este lunes posterior al 6 de junio de 2014.
    Sin embargo la abdicación del actual monarca reinante en España, Juan Carlos I de Borbón y Borbón, como verán, va a introducir algunos matices, creo que interesantes, en este artículo que sólo iba a hablar del setenta aniversario del Desembarco de Normandía. Ese que las distintas televisiones describían este viernes como el golpe decisivo al Nazismo en Europa y evento relevante al que han asistido representantes de más de veinte países, además de muchos venerables veteranos supervivientes de aquel día.
    Y ahora, supongo, se estarán preguntando que qué tiene que ver una cosa -la abdicación de Juan Carlos I y la exaltación al trono de Felipe VI- con la otra, el setenta aniversario del Desembarco de Normandía.
    Echemos a andar por ese sinuoso sendero histórico. Ustedes habrán visto, con inquietud o con regocijo, dependiendo de sus simpatías políticas, que apenas la Casa Real anunciaba que el actual rey de España abdicaba, las fuerzas republicanas del país saltaban como un resorte exigiendo la celebración, como mínimo, de un referéndum en el que se preguntase a los españoles si querían la continuidad de la Monarquía o la proclamación de una República heredera de la aniquilada en el año 1939 por militares sublevados, aliados a nazis y fascistas.

    A eso ha seguido una fenomenal trifulca de declaraciones y contradeclaraciones, aparte de manifestaciones en la calle, que trataban de demostrar, por el lado republicano, que ya iba siendo hora de arreglar estas cosas y por parte de quienes cierran filas con la Monarquía que no había nada que arreglar, que todo estaba bien y que a la abdicación seguiría la proclamación de Felipe VI y que eso era todo.

    Ha habido aportaciones que resultarían graciosas si no fueran patéticas. En ese aspecto hay que señalar que los antirrepublicanos se han llevado, sin discusión, la palma de la Victoria.

    En efecto, es innumerable la sarta de rancias sandeces y de argumentos de medio pelo espetadas desde el 3 de junio por conspicuos representantes -de ambos sexos- de eso que se ha llamado “TDT Party” en tertulias que han ido, lamentablemente, desde las públicas como “Los Desayunos de TVE” -donde se paga con el dinero de todos a solemnes ignorantes de ese pelaje por opiniones, a veces, basadas en la lectura de un sólo libro sobre el tema, según confesión propia- hasta otras emitidas por cadenas dedicadas temáticamente a agitar el espantajo del miedo a la democracia desde el momento en el que los resultados electorales no coinciden con sus estrechas premisas ideológicas…

    Lo más lamentable de todo esto, sin embargo, es su carácter de síntoma. Síntoma de que en España hay una sociedad dividida desde el 18 de julio de 1936 y, pese a todo lo que se ha dicho sobre, por ejemplo, el éxito de la Transición de 1978, esa división continúa y aflora en cuanto hay oportunidad para ello.

    La conclusión del historiador es que, sencillamente, la crisis de 1936 y lo que siguió a ella -que, descartado un régimen stalinista, fue la peor prolongación que se podía imaginar de la misma- se ha cerrado en falso desde el año 1978 y ahora sufrimos las consecuencias de esa desidia, malicia, falta de conocimientos y otra serie de factores que han contribuido a que volvamos a vernos, poco más o menos, como podíamos estar en abril del año 1931.

    Se podían haber hecho muchas cosas desde que el régimen democrático se consolidó en 1982. Se podían haber hecho, por ejemplo, gestos conciliadores hacia los derrotados en 1939 que sufrieron la larga noche franquista. Se podía haber hecho pedagogía -esa palabra ahora tan utilizada- hacia los que fueron vencedores de esa guerra y de la ominosa victoria de cuarenta años que le siguió. Por ejemplo se les podía haber explicado que aceptar, como se aceptó en 1978, la vuelta de un régimen democrático implicaba que ellos tuvieran la generosidad de reconocer que lucharon en el bando equivocado durante la Segunda Guerra Mundial, que la habían perdido y que sólo el estallido de la Guerra Fría a partir de 1945 entre soviéticos y potencias occidentales fue lo que mantuvo en España un régimen afín al Fascismo derrotado.

    Parte de esa pedagogía debería haber consistido en enviar, en cuanto se hubiera podido, representantes oficiales a los actos conmemorativos del Día D en Normandía, para demostrar que la España democrática estaba de acuerdo con dichas conmemoraciones que restauraron ese sistema en la mayor parte de Europa y honrar a los españoles que habían caído en esa campaña, integrados en unidades del Ejército británico -leánse “Los españoles de Churchill” de Daniel Arasa- y, sobre todo, en las fuerzas de la Francia Libre -por ejemplo la novena división blindada del general Leclerc-, jugando un destacado papel en el avance desde Normandía sobre París y después hasta los últimos reductos nazis.

    Nada de eso se hizo. Ni siquiera cuando los alemanes, en 2004, fueron consecuentes con esa misma reflexión y empezaron a acudir a esos actos.

    En este setenta aniversario ha ocurrido otro tanto. No ha habido ni un sólo representante español que honrase a los españoles que se jugaron la vida integrados en la División Leclerc o en unidades británicas y en los medios sólo se han hecho alusiones a casos anecdóticos, como el que recordaba en la edición en papel de este mismo periódico Borja Olaizola el 5 de junio.

    Todo ello un síntoma, sí, de los problemas que dividen a la sociedad española en este momento a causa de esa falta de reconciliación histórica y que, ojalá, empezasen a cambiar desde ya. Más que nada porque, como recordaba en un sensato artículo Josep Ramoneda en “El País” de este pasado jueves, si todo sigue igual, todo podría acabar fatal.

    Bastaría, quizás, con hacer un referéndum. Bastaría con gestos como el de honrar a los españoles que cayeron en la campaña de Normandía luchando por restaurar la democracia en Europa. Bastaría, qué sé yo, con indagar en el Archivo General de Palacio para saber qué hay de verdad en eso de que hasta 1931 el Himno de Riego fue uno de los himnos de la monarquía parlamentaria española cuyo heredero será entronizado el 19 de junio de 2014. Bastaría, en fin, tal vez, con que muchos españoles no sintieran que les han robado la cartera con eso de la famosa Transición, que parece hoy abducida por quienes, se diría, están más a gusto rindiendo homenajes -con libros tamaño listín de teléfonos- a los españoles que lucharon en la Segunda Guerra Mundial con los nazifascistas que a los que lucharon contra ellos.

    Todo sea porque España sea un país normal y en paz consigo mismo. No uno letalmente dividido y al que sus vecinos y aliados miran por encima del hombro, con recelos, con sospechas, acaso con despectivas sonrisas de superioridad…

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