101 años de “el árbol de la ciencia” de Pío Baroja.

140 años del nacimiento de este extraordinario escritor nacido en nuestra ciudad de San Sebastián, en la calle Oquendo, el 28 de diciembre de 1872.

Ahora tenemos oportunidad de acercarnos  él y a su obra en la Casa de Cultura de Aiete, obra en plena y aguda actualidad.

En  el árbol de la ciencia, novela que centra la tertulia del próximo jueves, a las 18:45, podemos leer (pág 204 y 205, edición Pío Caro Baroja) párrafos como este de más abajo, referidos a la estancia de Andrés Urtado en el imaginario pueblo de Alcolea del Campo -en esta novela de amplio contenido autobiográfico-, así pues escribe Baroja

 “Antes éramos ricos -se dijo cada alcoleano-. Ahora somos pobres. Es igual;  viviremos peor, suprimiremos nuestras necesidades. 

Aquel estoicismo acabó de hundir el pueblo”.

Y lo escribía hace 101 años, como si el tiempo no hubiera pasado por su obra literaria. Como si el tiempo se hubiera parado. Hoy también se exige resignación frente a los poderosos, aceptar sumisamente sus recortes, suprimir nuestras necesidades -especialmente las culturales-. Aunque esta actitud estoica nos condene al agujero, al hundimiento, a la pobreza no sólo económica.

Un par de párrafos más adelante escribe:

Alcolea gozaba de un orden admirable; sólo un cementerio bien cuidado podía sobrepasar tal perfección.

 Esta perfección se conseguía haciendo que el más inepto fuera el que gobernara. La ley de selección en pueblos como aquel se cumplía al revés. El cedazo iba separando el grano de la paja, luego se recogía la paja y se desperdiciaba el grano”.

Esta centenaria opinión sobre la “clase política” hoy es ampliamente compartida por la ciudadanía vasca, española y más allá. Pero Don Pío, unos párrafos más abajo remata la faena: “La política en Alcolea respondía perfectamente al estado de inercia y desconfianza del pueblo. Era una política de caciquismo, una lucha entre dos bandos contrarios, que se llamaban el de los Ratones y el de los Mochuelos; los Ratones eran liberales y los Mochuelos conservadores

Póngase uno u otro de los partidos mayoritarios en sustitución a los Ratones o los Mochuelos y nos sorprenderán las coincidencias. Podemos saludar la perspicacia, la dureza y la claridad de nuestro paisano.

Hacia la mitad de la página 205 , el maestro, escribe, una de las claves del pensamiento barojiano que dan el título a nuestra novela:

Andrés podía estudiar en Alcolea todas aquellas manifestaciones del árbol de la vida: la expansión del egoísmo, de la envidia, de la crueldad, del orgullo”.

Dice Iturrioz -personaje clave de esta obra que comentamos- que en el génesis se habla de que en el paraíso había dos árboles;el de la viday el de la ciencia del bien y del mal. Explica que Dios le dijo a Adán que podía comer de todos los frutos, pero que tuviera cuidado con el árbol de la ciencia, ya que el “día en que comas de ese fruto morirás”

 Añade el tío de Baroja que lo que realmente ocurre con el árbol de la ciencia es que si se prueba uno de sus frutos este provoca en la persona un afán de superación que al final provocara su propia destrucción. Iturrioz trata de inducir a Hurtado a que conozca la vida sin tapujos, que no espere a que la ciencia avance para conocer la vida empíricamente, que se lance a las verdades actuales ya sean verdades científicas o verdades metafisicas, porque en el fondo la única verdad es la que creemos y la que creamos …Este es un impulso necesario para la juventud y siempre actual.

2 comentarios en “101 años de “el árbol de la ciencia” de Pío Baroja.”

  1. ¿cómo puede ser que este independentismo en ningún momento plantee, ni siquiera en sus líneas maestras, qué tipo de sociedad quiere construir cuando alcance sus objetivos, deslizando en su lugar el mensaje de que bastará con desengancharse de Madrid para que todos nuestros problemas desaparezcan? ¿Estamos efectivamente ante una propuesta política en sentido fuerte o con lo que nos las hemos de ver es con un independentismo seudorreligioso, según el cual cualquier dificultad que pudiera plantearse quedará superada con la secesión, convertida en una pócima mágica para salir de la crisis y acabar con nuestros pesares? ¿Resulta creíble que vayan a llevarnos a esa nueva tierra prometida los mismos conservadores que a lo largo de los dos últimos años han alardeado de su firme determinación para recortar en educación y sanidad, que tanto se han afanado en golpear a los sectores más deprimidos, mientras se apresuraban a eliminar cualquier carga impositiva a quienes reciben en herencia las mayores fortunas.

    Manuel Cruz catedrático de filosofía contemporánea en la Universidad de Barcelona

  2. Hay un desánimo general, quién puede negarlo. Usted sabe de lo que hablo. Ese encogimiento de hombros con el que se desvanecen de pronto las conversaciones. Alguien comienza agitando el tema. Qué tema. El único. Y todos entramos al trapo. Nos quitamos la palabra, argumentamos con vehemencia y rumiamos de qué manera interrumpir la soflama del otro. De pronto, como si el presente nos hubiera vencido de veras y la realidad nos cerrara la boca, viene el silencio. Nos encogemos de hombros y buscamos con la mirada perdida una esperanza de futuro. Ocurre que hay veces en que alguien decide darle un giro a la conversación proclamando la necesidad del optimismo. No porque haya verdaderas razones para sentirlo, sino por esa discutible teoría de que el optimismo es constructivo y el pesimismo es una mierda sobre otra mierda. Cuando se abre paso el optimismo, se dicen tantas tonterías como cuando cabalga el pesimismo; se dice, por ejemplo, que la crisis es creativa, que hay que reinventarse, ponerse las pilas, que si no se encuentra trabajo, pues que se lo inventa uno. Y una vez que ya se han formulado los tópicos de rigor, el silencio vuelve a vencernos y las miradas a perderse. Y si no se escucha aquella frase de “no somos nadie” no es por falta de ganas, sino porque todavía nos quedan ramalazos de aquel país cool que fuimos hasta ayer.

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