La zamarra de la Real

En la Parte Vieja de Donostia una mujer resiste la lluvia, el viento y los 10 grados con el único abrigo de una camiseta blanquiazul de mangas cortas. Es viernes. La zamarra de la Real Sociedad. Los vecinos que pasan le gritan, con esfuerzo bajo el temporal, que a qué hora es el partido de esta noche. Arantxa Aristizabal, donostiarra, está abriendo su tienda de calcetines y ropa interior después de comer. Estará allí hasta las ocho de la noche y después subirá, con prisa, al Reale Arena. “Vamos juntas unas 12 amigas a uno de los fondos desde hace 30 años. Desde los tiempos del viejo Atotxa”, cuenta Aristizabal. Esta noche es especial para los aficionados de la Real porque, como informan en su portada la mayoría de los periódicos locales, el equipo puede pernoctar en la cima de La Liga Santander si al menos empata contra el CD Leganés. “Y mañana por la mañana vendrán mis clientas de 85 años a conversar sobre el partido conmigo”, dice Aristizabal.

El primer guía de nuestro viaje, el escritor Ander Izagirre, seguidor acérrimo de la Real, explica, sin querer esta primera escena: «Una de las cosas más compartidas de la ciudad es la Real Sociedad. He intentado representar eso con mi libro Mi abuela y diez más. Aquí a la gente le importa lo que haga el equipo aunque no le guste el fútbol. Hay un amor transversal más por el club que por la afición al balón».

Arantxa Aristizabal con la camiseta de la Real Sociedad, en la puerta de su local de medias y ropa interior, en la Parte Vieja de Donostia. PVR

A media tarde ya hay ambiente en el Casco Viejo, alrededor de las calles Fermín o Puyuelo, la del Burro, Pescadería o la 31 de agosto, y también ante la tienda de la Real Sociedad, que se levanta discreta cerca y ante cuya puerta crece una cola interminable. Un centenar de aficionados aguarda su apertura para hacerse con la nueva camiseta: una edición limitada, azul, con un dibujo del estadio y de la ciudad, que se usará únicamente ante el Leganés y en el Santiago Bernabéu. Solo se venderán 4.000. Definitivamente, es un día especial que Izagirre vive templado: “Me gustaría decirte que tengo un altar con velas a Arconada, pero la realidad es otra: salgo de casa, compro un bocata, llego apurado al estadio y ya”, confiesa. “El fútbol no debería ser tan sagrado”, agrega.

Cientos de hinchas de la Real Sociedad se agolpan en la puerta de la tienda del club para comprar la nueva camiseta, el pasado viernes en Donostia. PVR

Camino del Reale Arena, se puede rendir antes un homenaje a la historia txuri-urdin y atravesar la peculiar plaza del Campo de Atotxa. Tiene la forma del rectángulo que hacía el terreno de juego, pero ahora las gradas son edificios. “En realidad estaba todo un poco más hacia aquel lado”, desmonta Izagirre. Los bares de la zona mantienen viva la leyenda. Las paredes del Tribuna Norte, por ejemplo, están empapeladas con enormes pósteres de la afición del antiguo Atotxa. La lluvia y los relámpagos recrean el escenario perfecto para invocar espíritus. “Ahí están Kubala y Di Stefano, ahí están Paz y Arconada”, señala Izagirre. “Pero sobre todo, ahí está mi abuela. ¡Está mi familia!”, remata. El primer recuerdo sólido de su vida “tiene fecha”. Estaba en casa de sus abuelos, cuando todo el mundo empezó a saltar y a gritar y a él le revoleaban por los aires. “Sé que fue el gol de Zamora con el que la Real gana el primer campeonato liguero de su historia: el 26 de abril de 1981. Yo tenía cinco años”, cuenta. En San Sebastián, todos saben qué estaban haciendo aquel día.

Ander Izagirre, en el bar Tribuna Norte en la plaza Campo de Atotxa con un póster de la afición de la Real Sociedad de fondo. PVR

Fue el tío de su madre, “el Patxi Alkorta”, quien comenzó con una tradición txuri-urdin que todavía se mantiene. Cada vez que la Real Sociedad marca se lanzan dos cohetes. Si lo hace el visitante, uno. “Se hacía para que los marineros pudieran enterarse de cómo iba el partido. Todo el mundo se quedaba esperando a que sonara el segundo. A veces no pasaba”, explica el escritor. El hermano de Patxi, Juan Alkorta, fue el primer empresario que publicó una carta abierta a ETA diciendo que él no iba a pagar el impuesto revolucionario. “En el texto ponía que no se iba a marchar de aquí y que si querían matarlo que no hacía falta que lo buscaran porque iba a estar todos los domingos en Atotxa viendo a la Real”, dice Izagirre.

Pero, ¿qué es ser de la Real Sociedad? “El club es una encarnación de Gipuzkoa. Se dice que somos más serios, más callados, más sosos, más fríos. Se lleva a gala que debemos ser serios, formales, trabajadores. Somos discretos. No tenemos que ir por ahí gritando que somos el mejor club del mundo. Eso es una tontería”. Un poco así es el recientemente reformado Reale Arena, que ya no huele a selva, como escribió en un artículo en Panenka Izagirre. Ya no se mezclan «el tufo fermentado del mercado de frutas» con el olor de la hierba recién regada y el humo de los puros. Está nuevo y huele a nuevo. Y la lluvia retumba en la nueva cubierta de plástico que tiñe la ciudad de azul. Ahora, sin la pista de atletismo, la grada está más cerca del campo, como en Atotxa, y la gente está encantada porque siente que está volviendo a aquel paraíso de los años 80. Y más, el pasado viernes, cuando tras el empate a uno con el Leganés, el equipo fue, como aquel de los 80, líder.

Ander Izagirre

El Pais

Ander Izagirre era más de ciclismo que de fútbol, y sin embargo. Era más de las gestas en alta montaña que de los épicos partidos en campos embarrados, y sin embargo. Disfrutaba más de un pelotón afilado por el viento de costado que de una jugada de tiralíneas al primer toque, y sin embargo. Sin embargo, escuchó en la radio de sus abuelos el mítico gol de Zamora, en el último suspiro de una Liga agonizante, y su destino se tiñó de blanquiazul.

«A mí no me gusta el fútbol», escribió en Mi abuela y diez más, «solo me interesa la Real». Ander Izagirre no sabe nada de tácticas. No atiende a los movimientos de ajedrez que muchos domingos sirven para ganar batallas. Tampoco le interesa el espectáculo montado alrededor del balón, ni soporta que los futbolistas hagan teatro sobre el césped. Le aburre la interminable cháchara que engorda los medios deportivos. Le cansan los discursos presidenciales. Y mejor no hablar de los astronómicos sueldos de jugadores y demás chupatintas que pululan alrededor del fútbol. A él solo le interesa la Real Sociedad, el club de su ciudad. Su escudo, el estadio donde ha aprendido de qué va la vida. Y esos jugadores que le han enseñado que, por muy alargada que sea la sombra del rival, no se ha construido torre que no se pueda derribar.

Contaba Gabriel Celaya que, en los entrenamientos de la Real, muchos balones acaban colándose en la fábrica de su padre. Mugica tenía sede al lado del estadio de Atotxa y, como se jugaba al patadón, los balones volaban por encima de la portería y acababan amontonados en la conserjería de la fábrica. Su padre se negaba a devolverlos. Como buen empresario, pedía cinco duros por cada uno.

Esa sensación de familiaridad que desprende el relato de Celaya es la que recoge Ander Izagirre en Mi abuela y diez más: la Real Sociedad es más que un simple equipo, es una familia donde todos sus miembros aportan algo a la fiesta del fútbol. Por las páginas del libro desfilan, después de su querida abuela, muchos otros personajes que han contribuido a forjar la historia de esta sociedad tan real: Comet y la maldición al club por construir el estadio sobre el velódromo; Amadeo Labarta, que inundaba las zonas del campo con maestría para ahogar el fútbol del rival; los cohetes que lanzaba Patxi Alcorta al cielo de Donosti para que los goles txuri-urdinak retumbasen en todos los rincones de la ciudad; Karlos Arguiñano pinchando con la punta del paraguas a los linieres que levantaban el banderín más de lo necesario.

Una familia que se reunía en el viejo estadio de Atotxa. Bajo un tejado que se desprendía como la piel de un leproso. Arrapiñados en unas gradas que temblaban como si en el estruendo del siguiente gol se fueran a venir abajo. Entre postes de hierro oxidado que entorpecían la vista del campo. Todos envueltos en aquel olor a fruta que se mezclaba con el del puro. Un estadio que, cada domingo, se convertía en una olla donde hervía la poción mágica para derrotar a cualquier visitante: «Si los jugadores flojeaban fuera de casa, si perdían por tres goles el partido de ida en una eliminatoria, a la vuelta en Atocha estábamos todos nosotros amontonados al borde del campo, a punto de caer sobre él». Bien lo sabía la Quinta del Buitre, incapaz de alzar del vuelo en el barro de Atotxa.

Cuando lo cerraron, el 13 de junio de 1993, se terminó la niñez de Ander: así llega la adolescencia, de golpe, sin avisar que muchas puertas se cierran y nunca más volverán a abrirse. La pista de atletismo de Anoeta le separó para siempre de sus recuerdos, pero él siguió ahí. Aunque sus amigos dejaron de acudir al estadio, él continuó en sus gradas, pertrechado con pipas para el partido, y con libros, para el descanso.

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