Josu Jon Imaz se postra ante Donald Trump

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Josu Jon Imaz San Miguel, fue presidente del Partido Nacionalista Vasco entre 2004 y 2008, sustituyendo a Xabier Arzalluz

Empezó su actividad política en EGI, las juventudes del Partido Nacionalista Vasco, partido al que se afilió en 1978. Asumió los cargos de presidente de EGI en Villarreal de Urrechua-Zumárraga (1979-1982), donde también fue miembro de la Junta Municipal del PNV, miembro del Consejo Regional de EGI en Guipúzcoa (1980-1986) y miembro del Consejo Nacional de EGI (1981-1986). Como miembro del PNV fue representante de su Asamblea Nacional (1983-1985, 1986-1988 y 1992-1994), miembro del GBB (1988-1990) y teniente de alcalde y concejal de Hacienda y Desarrollo de Zumárraga (1991-1995).

En junio de 1994 fue elegido eurodiputado en las elecciones al Parlamento Europeo. Dejó el Parlamento Europeo tras ser nombrado el 7 de enero de 1999 consejero de Industria y portavoz del Gobierno Vasco.

En la Asamblea General del Partido Nacionalista Vasco, celebrada los días 17 y 18 de enero de 2004, fue elegido presidente de la ejecutiva nacional del PNV (EBB) hasta que anunció su retirada de la política el 12 de septiembre de 2007.

«Volveré a la actividad profesional después de más de trece años de compromiso intenso con aquellas funciones que EAJ-PNV me ha encomendado»

El consejero delegado de Repsol, Josu Jon Imaz, estaba ayer entre grupo de ejecutivos citados por Donald Trump en la Casa Blanca para repartirse de petróleo de Venezuela.

Dijo así “Hoy estamos produciendo 45.000 barriles diarios, brutos, y estamos preparados para multiplicar por tres esa cifra en los próximos dos o tres años, invirtiendo con fuerza en el país, siguiendo su recomendación —si usted nos lo permite, por supuesto— ”

Y añadió “Somos una empresa española plenamente comprometida a invertir aquí, en Estados Unidos. Hemos invertido durante los últimos 15 años 21.000 millones de dólares en la industria estadounidense del petróleo y el gas, en Pensilvania…y en el Golfo de América,…” decía el Licenciado en la Facultad de Ciencias Químicas de San Sebastián y Premio Extraordinario Fin de Carrera

6 comentarios en “Josu Jon Imaz se postra ante Donald Trump”

  1. Ahoztar Zelaieta Zamakona

    Qué rol juega el PNV en Repsol?
    Tras engrasar sus puertas giratorias, Repsol promovió la creación de la Fundación eAtlantic para que la presidiera Iñigo Urkullu tras abandonar Lehendakaritza.
    Recientemente, el diario Gara ha recordado que antes de alcanzar la presidencia del PNV en Bizkaia, Iñigo Ansola fue director del Ente Vasco de Energía cuando la entidad pública dejó su infraestructura de puntos de recarga de vehículo eléctrico en manos de Repsol.
    Por otra parte, también hay que recordar fichajes por parte de Repsol de personalidades del PSE de la máxima confianza de Patxi López.
    Es el caso de Melchor Gil (exmiembro de la ejecutiva del PSE y cuñado de Patxi López) y de Daniel Díez (exsecretario general de las Juventudes Socialistas de Euskadi, exmiembro de la ejecutiva del PSE y exdirector de Gabinete del Lehendakari con Patxi López en Lehendakaritza).

  2. Julio Cromarrubia

    Le faltó suelo para seguirse arrastrando
    “Eskerrik asko, presidente jauna, gu hemen hartzeagatik, eta eskerrik asko Venezuela hobe bati ateak irekitzeagatik». Hala esan dio bart Josu Jon Imaz Repsol konpainiako ordezkariak Donald Trump Ameriketako Estatu Batuetako presidente Donald Trumpi Etxe Zurian. Duela astebete Nicolas Maduro Venezuelako presidentea bahitzeko operazio militarra gauzatu ostean, Trumpek munduko hainbat petrolio konpainia bildu ditu Washingtonen, Karibeko herrialdearen baliabideen ustiaketaz hitz egiteko. Han egon da Imaz, EAJko buruzagi ohia, eta Trumpi esan dio Repsol prest dagoela Venezuelan «asko inbertitzeko» petrolio gehiago ateratzeko.

  3. Trump es un síntoma del declive estructural de Estados Unidos y un estratega para un mundo cada vez más hostil y competitivo

    El catedrático emérito de Historia de la Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, José Luis Villacañas, recibe a elDiario.es en su domicilio de València. La entrevista se desarrolla en su extraordinaria biblioteca particular, un espacio desde el que podría explicarse buena parte de la historia del pensamiento humano. También la actualidad, algo que preocupa —y mucho— al profesor, que se dedica cada semana, casi cada día, a reflexionar sobre los temas más variados: geopolítica, poder e ideologías.

    Donald Trump y la política de Estados Unidos, el futuro de la Unión Europea, China o el desafío de la inteligencia artificial son algunos de los asuntos que aborda en sus últimas obras, tres publicadas en apenas medio año.

    La más reciente es Senderos que se bifurcan (Arpa, 2026), donde Villacañas analiza la historia del poder desde los neandertales hasta Trump. En Tierra o ser (Akal, 2026), con una mirada más filosófica, recoge su pensamiento sobre una de las dicotomías que más han preocupado al ser humano. A finales de 2025, el prolífico intelectual se adentró en la biografía de Diego de Saavedra Fajardo en La lealtad conocida (Fundación Banco Santander, 2025). En conjunto, un recorrido por el conocimiento desde distintas perspectivas, pero siempre con un pie en la actualidad: en los problemas y las posibles soluciones de hoy, que solo se explican desde el ayer.

    Villacañas insiste desde el inicio de la entrevista en un punto fundamental: “Trump no es un loco, ni un improvisado, ni un accidente histórico. Es un síntoma del declive estructural de Estados Unidos y, al mismo tiempo, un estratega capaz de actualizar las líneas maestras de la doctrina geopolítica estadounidense para un mundo cada vez más hostil y competitivo”. En lugar de interpretar el trumpismo como una ruptura con la tradición, el profesor lo describe como una reformulación agresiva de principios establecidos por autores como Brzezinski y Huntington.

    Durante décadas, la hegemonía norteamericana se sostuvo sobre tres pilares: su supremacía militar, su control financiero global y la legitimación ideológica del liberalismo económico y político, reflexiona. Sin embargo, la crisis financiera de 2008, la erosión industrial del país, la creciente polarización interna y el ascenso de China han socavado estos fundamentos. “Trump representa, en este contexto, una respuesta desesperada pero lúcida: la renuncia a la idea de un orden mundial liberal para abrazar un imperialismo neomercantilista basado en la presión económica, los aranceles, la militarización del comercio y la destrucción del multilateralismo”.

    Villacañas subraya que los analistas europeos cometen un error al interpretar el trumpismo como una anomalía pasajera. “En realidad, expresa la transición entre dos paradigmas históricos del poder estadounidense. El primero, heredado de Roosevelt y consolidado tras 1945, se basaba en instituciones multilaterales y en un capitalismo expansivo. El segundo, encarnado por Trump, se fundamenta en la idea de que Estados Unidos debe replegarse para sobrevivir, abandonar compromisos globales costosos y explotar intensivamente sus ventajas residuales”, argumenta el catedrático, que no ve al presidente de Estados Unidos como “un loco”: “Hay un plan y una estrategia detrás”.

    Una de esas estrategias del nuevo orden se basa, según Villacañas, en la alianza entre Trump y la industria tecnológica. “Tradicionalmente, Silicon Valley se había alineado con el Partido Demócrata y con el proyecto neoliberal de Obama y Clinton. Sin embargo, este vínculo empezó a fracturarse cuando la élite tecnológica comprendió que su verdadero poder residía no en la política progresista, sino en la capacidad de controlar infraestructuras digitales globales”.

    Para Villacañas, el episodio clave fue el asalto al Capitolio. “Al cortar las plataformas digitales la comunicación del presidente de Estados Unidos, se reveló que el soberano en la era digital no es necesariamente el Estado, sino quien controla las redes de comunicación. Elon Musk, Peter Thiel y otros actores emergieron entonces como los nuevos depositarios de la soberanía técnica”, recuerda.

    Villacañas destaca especialmente la figura de Thiel, a quien considera el verdadero arquitecto del proyecto político que rodea a Trump. “Desde principios de los años 2000, Thiel ha defendido la idea de que la Constitución estadounidense limita en exceso el poder del Ejecutivo. Su tesis central es que la estructura de contrapesos, pensada en el siglo XVIII para evitar tiranías, se ha convertido en un obstáculo para gobernar un país enfrentado a amenazas globales”, arguye el profesor.

    “La solución de Thiel es radical: instaurar un Ejecutivo unitario que pueda gobernar sin interferencias judiciales ni legislativas. Para lograrlo, considera necesario un líder dispuesto a romper el equilibrio constitucional. Ese líder, para Thiel, es Trump. Para el futuro ya preparan a su sucesor el vicepresidente JD Vance”, prosigue.

    “Palantir, la empresa creada por Thiel, encarna la dimensión operativa de esta visión. Con su capacidad para procesar millones de datos en tiempo real, ofrece a los servicios de inteligencia herramientas capaces de clasificar a la población en categorías de riesgo”, asegura. Para Villacañas, este sistema reproduce modelos de vigilancia masiva empleados en Israel y constituye una amenaza directa para las libertades civiles.

    La solución de Thiel es radical: instaurar un Ejecutivo unitario que pueda gobernar sin interferencias judiciales ni legislativas. Para lograrlo, considera necesario un líder dispuesto a romper el equilibrio constitucional. Ese líder, para Thiel, es Trump.

    Villacañas profundiza también en el significado geoestratégico de la guerra en Ucrania. A su juicio, Estados Unidos ha considerado siempre la región euroasiática como “el corazón del poder global”. Brzezinski definió este principio en los años noventa: quien controle Eurasia controlará el mundo. La retirada de Afganistán ha sido interpretada por muchos como un signo de abandono, pero Villacañas señala que no se trató de un repliegue estratégico, “sino de una reconfiguración”. “Afganistán, aislado y costoso, ya no ofrecía valor geopolítico; Ucrania, en cambio, es el auténtico punto de fricción”, añade.

    Según Villacañas, la postura de Trump respecto a Ucrania es más pragmática que la de Biden. “El trumpismo estaría dispuesto a aceptar como frontera el río Dniéper, renunciando a la pretensión maximalista de controlar todo el Donbás. Sin embargo, esta concesión táctica no implica renunciar al objetivo principal: impedir que Rusia controle el corredor euroasiático”.

    El profesor también enfatiza el papel creciente de Israel como principal instrumento estadounidense en la región. Mientras Europa vacila, Israel actúa con decisión para contener la influencia de Irán, un país clave para la Ruta de la Seda china y para la integración energética de Eurasia. Un ejemplo es la guerra abierta que Estados Unidos e Israel han lanzado hace semanas contra Irán. Esta entrevista se realizó pocos días antes de la primera ofensiva militar contra el país gobernado por los ayatolás.

    Para Villacañas, el análisis económico del trumpismo es central. Estados Unidos, explica, “ya no puede sostener el coste de su imperio”. “Su deuda pública es gigantesca y los intereses de la deuda aumentan cada año. En este contexto, la idea consiste en trasladar el coste del imperio al resto del mundo”.

    Esta estrategia, según el profesor, explica “los aranceles impuestos a China y Europa, la presión para que Europa compre armamento estadounidense, la dependencia energética y las exenciones fiscales a las tecnológicas norteamericanas en el extranjero, que forman parte de un mismo diseño: reforzar la economía nacional a costa del exterior”.

    Para el catedrático, este proceso es comparable al funcionamiento de los viejos imperios. “Cuando un imperio entra en crisis, tiende a exprimir aún más a sus aliados y territorios dependientes. Un ejemplo histórico es Felipe II, que requisaba barcos privados para sostener sus campañas. Algo parecido estaría ocurriendo hoy con Estados Unidos: Europa paga el precio del imperio mediante compras obligadas de gas y armamento”.

    La guerra económica, sin embargo, entraña un riesgo sistémico para Estados Unidos: “Si el dólar pierde credibilidad, el país perdería su hegemonía. Por eso actúa de forma agresiva para mantener su dominio financiero, incluso a costa de fracturar las reglas del comercio internacional”.

    El ascenso “paciente” de China
    “Frente a la ansiedad estratégica de Estados Unidos, China se mueve con serenidad”, reflexiona Villacañas. A su juicio, la principal ventaja del país es “su paciencia histórica”. “Como civilización milenaria, no opera con los tiempos cortos de las democracias occidentales. Cada movimiento está inscrito en un horizonte de décadas”.

    “China ha logrado articular una economía capaz de generar prosperidad interna, construyendo una clase media que refuerza la estabilidad del país. Además, ha creado instituciones financieras alternativas al dólar, lo que le brinda autonomía sobre sus inversiones globales. En África y América Latina, su presencia se ha expandido sin recurrir a la militarización, sino mediante la financiación de infraestructuras”.

    Sin embargo, Villacañas advierte de un punto débil: Taiwán. La reunificación con la isla es vista por el Partido Comunista como una cuestión existencial. “Durante los próximos veinte años, toda la estrategia china estará condicionada por ese objetivo”.

    Ante este escenario global, Villacañas señala a la Unión Europea como una posible salida: “Poderosa pero indecisa, rica pero políticamente impotente”. La UE se encuentra atrapada entre el imperialismo estadounidense y el ascenso chino, mientras Rusia busca fracturar su unidad.

    El filósofo critica la incapacidad de Europa para actuar como un actor político soberano. La dependencia militar de la OTAN, la fragmentación interna y la regla de la unanimidad en la toma de decisiones dificultan cualquier estrategia coherente.

    La UE ante sus retos
    Aun así, no es completamente pesimista. Cree que Europa aún puede articular un bloque de democracias capaz de resistir tanto al autoritarismo chino como al imperialismo estadounidense. Para ello, propone tres ideas: romper la regla de la unanimidad, fortalecer alianzas con la Commonwealth, América Latina e India y considerar una OTAN sin Estados Unidos. “La OTAN puede seguir manteniéndose con Estados Unidos fuera”, sostiene. También recomienda a los europeos “apoyar los movimientos de resistencia que están surgiendo en Estados Unidos”.

    En este contexto, Villacañas aborda también el papel de las redes sociales. “La democracia solo puede sostenerse si existen ciudadanos capaces de razonar críticamente. Pero las plataformas digitales han colonizado la mente colectiva. TikTok, Instagram o X funcionan como herramientas de desestructuración psicológica: fomentan el narcisismo, la impulsividad y la despolitización”.

    En ese sentido, advierte: “Sin una universidad fuerte y sin humanidades robustas, la democracia está perdida. La filosofía no puede limitarse a deconstruir conceptos: debe reconstruir un sujeto democrático capaz de resistir la presión de las plataformas”.

    La democracia solo puede sostenerse si existen ciudadanos capaces de razonar críticamente. Pero las plataformas digitales han colonizado la mente colectiva.

    “La democracia, sin una cultura que la sostenga, puede desmoronarse por dentro. El mundo que viene exigirá estrategia, lucidez y resistencia cultural. Los europeos debemos dejar de esperar y empezar a actuar”, concluye el profesor, que ya prepara su próxima obra mientras la geopolítica global se complica por momentos.

  4. La patria viva de Repsol y el país que respira humo

    «Durante años, la política energética vasca se ha construido en estrecha relación con los grandes operadores del sector, consolidando un equilibrio en el que las decisiones estratégicas se subordinan a lógicas empresariales que escapan al control democrático»

    En el día del Aberri Eguna conviene detenerse en una imagen de principios de este año. En la Casa Blanca, Donald Trump reunía a las grandes petroleras para decidir quién podrá operar sobre los recursos energéticos de Venezuela bajo ocupación estadounidense. Entre los ejecutivos presentes estaba Josu Jon Imaz, antiguo dirigente del nacionalismo vasco y hoy consejero delegado de Repsol. Su intervención fue pobre y sumisa pero no menos reveladora: agradeció a Trump “abrir las puertas a una mejor Venezuela” y ofreció triplicar la producción de la compañía.

    No es sólo geopolítica en abstracto, sino su forma más cruda: un orden en el que los recursos de los pueblos se negocian sin ellos y en el que las grandes corporaciones no sólo se adaptan a ese poder, sino que lo legitiman y lo necesitan. Una fotografía condensa la alianza entre capitalismo fósil y poder político autoritario, y nos obliga a preguntarnos qué significa hoy hablar de patria cuando la soberanía deja de ser una capacidad efectiva de decisión y se convierte en un lenguaje épico, pero vacío, que termina normalizando formas contemporáneas de vasallaje.

    Tras la invasión de Ucrania y el genocidio en Gaza, seguir hablando de conflictos al margen de la soberanía por el control de los recursos energéticos no es un error de análisis, sino una forma de complicidad. Porque lo que allí se disputa —el control de la energía, de las rutas, de los mercados— determina aquí cuánto nos cuesta la vida, cuánto pagamos por vivir. Cada guerra se traduce en precios más altos, en inflación energética y en una transferencia de renta desde las mayorías sociales hacia quienes controlan ese sistema. Y ese mecanismo tiene nombres y cifras. Seguimos hablando de Repsol, de Josu Jon Imaz, que percibió más de 4,7 millones de euros en el último ejercicio, en un contexto en el que la propia compañía reforzaba su posición dominante en plena crisis energética. Mientras tanto, en Euskadi, en el país de Josu Jon Imaz, más de 170.000 personas no han podido mantener una temperatura adecuada en sus hogares durante el último invierno. No es sólo un dato: es gente que pasa frío en casa. Es la misma lógica operando a distintas escalas: acumulando beneficios en la cúspide y desplazando sus costes hacia la vida de la gente trabajadora.

    Este Aberri Eguna llega en ese contexto. Durante décadas, las elites políticas han proyectado Euskadi como un país modélico, capaz de combinar desarrollo económico, cohesión social y estabilidad institucional, hasta convertir ese relato en la coartada de su propia continuidad en el poder. Pero ese marco ya no se sostiene. Lo que emerge hoy, en el día de la patria vasca, es una brecha que no es discursiva, sino material, y que atraviesa cómo vivimos —y, con ello, lo que somos— en un contexto de vulnerabilidad estructural y exposición directa a crisis que no controlamos. En este escenario, el PNV nos habla de “ser más nación”, mientras Euskadi sigue siendo profundamente dependiente de los combustibles fósiles y de mercados energéticos volátiles. Nos habla de “patria viva” mientras permanecemos a la cola de Europa en el despliegue de energías renovables. No es una contradicción: es la prueba de que el relato ha dejado de describir la realidad para empezar a encubrirla. En otras palabras: nos están vendiendo humo.

    Y aquí, el humo no es una metáfora. En Muskiz, la actividad de Petronor —filial de Repsol— ha vuelto a hacer visible una realidad que lleva demasiado tiempo siendo normalizada: episodios de contaminación, alertas tardías y una población que, en momentos críticos, es llamada a encerrarse en sus casas para protegerse de lo que respira. No es un accidente, ni una excepción, sino una expresión material de un modelo energético concentrado y orientado al beneficio que externaliza sus costes sobre el territorio y sobre las personas. Es un modelo que privatiza las ganancias y socializa los riesgos, que convierte el aire en un problema de salud pública y el entorno en el lugar donde se descargan sus costes.

    No estamos, por tanto, ante una suma de disfunciones, sino ante un modelo que responde a intereses muy concretos. Porque la cuestión de fondo no es sólo qué modelo energético tenemos, sino quién lo define. Durante años, la política energética vasca se ha construido en estrecha relación con los grandes operadores del sector, consolidando un equilibrio en el que las decisiones estratégicas se subordinan a lógicas empresariales que escapan al control democrático. La trayectoria de figuras como Josu Jon Imaz —de la dirección política del país a la cúpula de una de las principales compañías fósiles— no es una anomalía, sino la expresión más visible de esa continuidad entre poder político y poder económico. Y en ese paisaje, la transición energética deja de ser una oportunidad de transformación para convertirse en un proceso condicionado, limitado y, en demasiadas ocasiones, subordinado a los mismos intereses que han sostenido el modelo anterior.

    Llegados a este punto, lo que está en juego es si Euskadi acepta seguir inserta en ese modelo —dependiente, desigual y cada vez más vulnerable— o si decide disputarlo. No se trata de un debate técnico ni de una transición inevitablemente lenta, sino de una decisión sobre el rumbo del país: si la energía seguirá siendo un mecanismo de extracción de riqueza al servicio de unos pocos o si pasa a convertirse en un bien común orientado a garantizar condiciones de vida dignas para la mayoría. Hablar de soberanía en el siglo XXI no puede significar otra cosa que esto: capacidad real para decidir sobre los recursos que sostienen la vida, para planificar el modelo productivo y para proteger a la sociedad frente a las crisis que ya están aquí.

    Quizá por eso, este Aberri Eguna no puede limitarse a repetir consignas. La primera vez que se celebró, en 1932, lo hizo con la ilusión de un pueblo que empezaba a pensarse libre. Hoy, casi un siglo después, Euskadi o Euskal Herria es una pregunta compartida que ha madurado, se ha diversificado, se ha cruzado con otras, se ha llenado de rostros, personas y luchas nuevas. Hoy la patria es posibilidad, presente y disputa de un futuro colectivo, no propiedad privada de ninguna petrolera ni de ningún partido político. Si algo nos enseña en definitiva, el tiempo que vivimos, es que la patria no es una herencia ni una bandera, sino una construcción concreta que se mide en derechos, en condiciones de vida y en capacidad de decisión. Por eso, reivindicar este Aberri Eguna sólo tiene sentido desde ahí: no como afirmación de lo que somos, sino como compromiso con lo que queremos ser.

    Una matria que no se invoque, sino que se ejerza. Que no se mida en símbolos, sino en la capacidad de garantizar condiciones materiales de vida dignas: que nadie tenga que elegir entre calentarse en invierno o llegar a fin de mes; que ningún territorio sea sacrificado en nombre de beneficios privados; que el futuro del país no se decida fuera de la sociedad que lo sostiene. Una aberri viva que acoja, que cuide, que no sea metafísica ni esté hecha de humo ni de tela.

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