Katxola: Topografía inestable; tránsito de la permanencia

Paredes blancas, focos discretos, silencio institucional y una obra que parece más segura de su futuro que de su pasado. El cuadro Katxola 2078, se presenta como “arquitectura residual”, una expresión que tranquiliza al visitante culto y desconcierta al resto. En él aparece el caserío Katxola posado sobre un paraje imposible, hermoso, indeterminado, ligeramente brumoso, como si el paisaje hubiera sido elegido no por su localización sino por su fotogenia.


Katxola anterior, sepultado en la maleza, en las cercanías del Camino de Santiago (Goiko Galtzara) y del monte de Orimendi

La pintura juega, con notable elegancia, a naturalizar lo improbable. ¿Katxola vuelve a estar en otro sitio? ¿Es este su tercer traslado? ¿El cuarto?. A estas alturas, contar mudanzas resulta casi una falta de respeto: Katxola ya no se desplaza, se reencarna. El caserío aparece asentado sobre una roca abrupta, ajeno a cualquier lógica constructiva o administrativa, como si hubiera decidido emanciparse definitivamente del suelo y de los expedientes. No hay carreteras, ni accesos, ni contexto reconocible. Solo la certeza de que, esté donde esté, sigue siendo Katxola. La tradición, aquí, no se conserva: se desplaza con dignidad.

Antiguo emplazamiento (¿Fue el primero?)

La segunda imagen es promocional. A diferencia del excluyente calendario municipal de 2026 este mapa sí incluye al barrio de Aiete, Katxola, el teatro de Miramón y a los jardines del palacio de Aiete, aunque de forma pedestre, porque algunos empleados municipales se empeñan en nombrar ‘parque‘ lo que las personas vemos , escribimos y hablamos como jardines o bosque

Entre ambas imágenes se establece un diálogo involuntario pero revelador. En la pintura, Katxola se desplaza físicamente hasta convertirse en una pieza casi mítica, desligada de cualquier anclaje concreto. En el mapa turístico, Katxola se integra en el relato urbano

La identidad no desaparece, pero se reconfigura. Katxola sobrevive porque acepta no estar siempre en el mismo sitio, nos recuerda que lo verdaderamente estable no es el lugar, sino la capacidad de adaptarse al relato que vive con nostros. Y Katxola, una vez más, llega antes que nadie.

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