
Amador Fernández-Savater recuerda en este texto a quien fue su maestro, amigo, cómplice, “abuelito” y confidente, al tiempo que recorre su vida, su trayectoria y su legado.

El viernes 1 de febrero de 2013, ambos compartieron escenario, junto a Lola Arrieta; los tres sentados en la tarima, en una charla dedicada a los PIGS, la economía, la política, la corrupción y el 15-M.
Este encuentro con la ciudadanía de Aiete y de la ciudad, formaba parte de los actos organizados durante aquel trimestre en torno a la literatura y el cine de los países agrupados despectivamente bajo el acrónimo inglés PIGS “cerdos”.

Se celebró en la Casa de Cultura de Aiete, ante una sala repleta de personas de varias generaciones y hoy conservaría toda su actualidad. Juan ya no estaría presente físicamente, pero sí lo estarían sus ideas, su pensamiento y su propuesta de una Paz Viva

Amador escribe sobre Juan,

“Nos encontramos por primera vez en 2006 en una reunión de la Asociación 11M de familiares y heridos por el atentado de 2004 en Madrid. Aquellas personas comunes habían hecho prodigios: se nombraban como afectados y no como víctimas, se constituían a distancia de los partidos políticos, reclamaban paz y no venganza (tampoco esa venganza que se disfraza de ley y justicia). Todo eso interesaba a Juan.
Enseguida nos hicimos amigos y esa amistad me transformó. De su mano conocí otras experiencias donde se aliaban quienes supuestamente estaban en bandos enfrentados para pelear juntos contra la reproducción de la violencia: el Foro de Familias israelí-palestino, el grupo Peaceful Tomorrows de víctimas del 11 de septiembre, la increíble historia de Jo Berry y Pat Magee…
La crueldad es sobre todo una forma de distancia, pensaba Juan, de poner distancia, de vaciar de humanidad al otro hasta el punto de poder dañarlo, herirlo, matarlo. Esas alianzas deconstruían la imagen de enemigo y, por tanto, la lógica de guerra. La mayor de las subversiones.
Pero esos vínculos excepcionales forman parte en realidad de toda una malla ordinaria de gestos mediante los cuales unos vierten su vida en la de otros. Es la malla que nos envuelve, en la malla donde vivimos. A esa malla Juan le llamaba “paz viva”. La paz es lo más inmediato y lo más realista, el hecho de que (aún) haya mundo demuestra que por ahora son más los gestos de amor que los de destrucción, pero sin embargo pasan desapercibidos, son minusvalorados. Los conceptos se crean para ver lo que no vemos, para valorar lo que no valoramos, para desear lo que deseamos sin saberlo.
A quien le reprochaba (tan a menudo) que todo aquello diluía el necesario conflicto, Juan le contestaba sonriente con la historia de Nelson Mandela. Mandela organizó lucha armada, lo que hoy se oculta púdicamente, pero no para expulsar a los blancos de Sudáfrica, sino para tirar abajo la estructura de apartheid que impedía darse la mano en igualdad. Es la diferencia entre “el enemigo” y “lo enemigo”. Con respecto a las personas concretas muchas complicidades son posibles y el mismo Mandela lo probó con su carcelero. Toca redefinir el conflicto, en un horizonte de paz.
Juan, que había militado en los ochenta en el ecologismo, amplió en sus últimos textos el concepto de paz viva para referirse a la naturaleza. ¿No ha sido la Paz Viva, decía, la que ha orquestado la evolución de las especies con una inteligencia asombrosa, erótica y profética? Estamos viviendo el final de la era de la dominación de la naturaleza, pero la alternativa no es simplemente la extinción, sino la era de convivir como parte de ella. ¿No es hora incluso de devolverle los atributos divinos que siempre tuvo, se preguntaba al modo spinoziano?
La filosofía de Juan -porque él se inventó una, no de la nada, pero sí muy propia- tenía la gran virtud de poderse trasladar con facilidad a la vida cotidiana. El único pensamiento político que me interesa, aquel extrae su savia y tiene implicaciones en los afectos más inmediatos. Así, en nuestras conversaciones se establecía un continuo entre lo íntimo y lo político, lo íntimo de lo político y lo político de lo íntimo. E hicimos mil cosas juntos sin necesidad de estar organizados en ningún colectivo formal, una amistad profunda con una dimensión productiva, pública.
Padre, maestro, amigo, cómplice, abuelito, confidente: todo eso ha sido Juan para mí. Pero en la hora de su muerte no me sale entristecerme por la pérdida, sino alegrarme por la inmensa suerte de haberle conocido y por estos veinte años de conversación infinita.
Juan, como te dije cuando ya no sabía si podías oírme, los amigos nos cuidaremos ahora de mantener vivo tu legado.”

Eta gu zurekin, lagun maitea.

Hace unos días falleció Juan Gutiérrez, una de esas muchas existencias activistas para las que pensar la guerra supone encontrar las hebras de paz viva que nos permiten no dejarnos atrapar en las lógicas de confrontación con el enemigo, sino en las potencias de reconciliación y el encuentro entre diferentes. Gutiérrez, al lado siempre de Frauke Schulz-Utermöhl, fue el principal impulsor y primer director de la Fundación Gernika Goguratuz que se abrió al público en 1987. Algo más de una década después, a principios de este siglo, lo conocí personalmente siendo director de Arteleku –centro de arte y cultura contemporánea de Donostia– cuando en algunas actividades comenzamos a hacernos eco de los movimientos antiglobalización o altermundistas que por entonces habían aparecido con inusitada fuerza política en el contexto internacional.
Gracias a nuestro común amigo Amador Fernández-Savater, seguí muy de cerca su trabajo como mediador de paz en la Asociación 11M-Afectados por el terrorismo que se constituyó en el año 2004, tras el atentado que los yihadistas perpetraron en varios trenes de cercanías de Madrid, donde fallecieron ciento noventa y dos personas y hubo miles de heridos. Colaboró también en la redacción Red ciudadana tras el 11-M. Cuando el sufrimiento no impide pensar, libro colectivo publicado en 2008 que analiza las respuestas sociales que aparecieron después del 11-M, prestando especial atención a las redes ciudadanas, las formas de apoyo mutuo y los espacios de deliberación pública. En cierto modo, su título resume una de las ideas centrales del proyecto Hebras de paz viva: el sufrimiento no tiene porqué conducir a la pasividad, puede dar lugar a iniciativas de memoria, solidaridad y compromiso cívico.
Fue precisamente a partir de 2008, en el proceso de redacción del documento para la candidatura de Donostia a Capital Europea de la Cultura 2016, cuando entablamos una mayor relación afectiva y de reconocimiento profesional. El programa presentado al Consejo y al Parlamento de Europa, que resultó elegido en 2011, se denominó Olas de energía ciudadana. Cultura para la convivencia. Algunos de sus objetivos y propuestas programáticas, en parte, bebían de las ideas reconciliadoras del proyecto Hebras de paz viva que ya entonces Juan Gutiérrez y una extensa red de cómplices habían comenzado a expandir por muchos lugares del mundo, en Alemania, con casos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial; en Serbia y Crocia, durante la Guerra de los Balcanes; en los conflictos de Guatemala o Colombia en Latinoamérica, por citar algunos.
Unos años después, en el desaparecido Medialab Prado, entonces dirigido por Marcos García, el proyecto fue parte fundamental del programa Memoria y procomún. Durante una década, entre 2011 y 2021, en aquel laboratorio se estudiaron y pusieron en valor numerosas «hebras de paz o semillas de reconciliación», es decir sucesos de paz dentro de los conflictos bélicos o encuentros entre diferentes recogidos de historias personales ocurridas en la guerra civil española.
Aunque no podamos evitar pensar que la violencia es una expresión del mundo, no hay que olvidar que la vida es la potencia que nos abre al reconocimiento mutuo y a la conciliación. La Paz viva es el título del libro que recopila y divulga una parte significativa de los textos que Juan Gutiérrez escribió desde 1985 hasta nuestros días. Las hebras de paz viva que su biografía nos ha donado a lo largo de todos estos años nos permiten, tanto desde las alianzas que nos unen como de los problemas que nos confrontan, sentir, reconocer y pensar las resonancias del sufrimiento en sus distintas formas, más allá de las figuras binarias del amigo o el enemigo. Estas notas que escribo desde la emoción, mientras escucho las cuatro últimas canciones que Richard Strauss compuso antes de morir, son una forma de despedida afectuosa que dedico a la memoria de Juan Gutiérrez.