La eficacia de la interrupción (sobre los cortes en la Vuelta)

Esta democratización de la acción ha interrumpido nuestra propia impotencia ante el genocidio. Algo de nuestra condición de espectadores, más o menos indignados o resignados. No es poca cosa recuperar una sensación de agencia política

Amador Fernández-Savater 10/09/2025

¿Somos capaces de ver (y por tanto apreciar) el valor y la eficacia política de las acciones de interrupción de la Vuelta ciclista a España contra la participación del equipo por el que apuesta Netanyahu?

Hay riesgo de que no. Nuestros ojos ven lo que están habituados a ver. El valor de la acción política concentrada: en un partido, en un líder, en un discurso. La interrupción, en razón misma de lo anómala que es, por su naturaleza efímera y dispersa, puede pasar inadvertida… Sin embargo, sus potencias y sus efectos son en estos días relevantes y múltiples.

La interrupción está siendo capaz de provocar algo. Un corte, una ruptura, un acontecimiento. Eso que no consigue la mera indignación en redes, la redundancia de posteos, comentarios y denuncias. ¿Por qué? Es vital pensar esto a fondo: hay algo de los cuerpos que interrumpen que provoca un “plus” de intensidad. Alguien se expone, alguien se la juega, alguien usa su cuerpo para interrumpir. Y de pronto ya nadie puede seguir haciendo como si nada, la interrupción abre debates y plantea preguntas, cambia la agenda política y la conversación, obliga a tomar posición y a decir algo al respecto.

La materialidad de la interrupción toca lo real de un modo que la virtualidad de la mera opinión no es capaz de hacer.

¿Qué se interrumpe estos días, cuando se interrumpe la Vuelta?…Como explica muy bien este artículo Cuatro victorias en una Vuelta – by Curb Se cuestiona la percepción normalizada de que Israel es “uno de los nuestros” (que participa en actividades culturales o deportivas europeas) en medio de “territorios salvajes”. Es el discurso que blanquea las políticas del gobierno de Netanyahu afirmando, tal y como hizo el canciller alemán Friedrich Merz o más recientemente Javier Milei, que Israel hace el “trabajo sucio de Occidente” en Oriente Medio. Las interrupciones de la Vuelta se hacen enarbolando precisamente la bandera de los “salvajes”, lo que rompe el circuito establecido de las identificaciones.

El filósofo Jacques Ranciére propone esta noción importante: la “identificación imposible”. ¿Qué significa? La identificación con el sufrimiento o la lucha de un grupo oprimido puede des-identificarte de tu propio lugar, de tu propia posición, de tu propia identidad, abriendo así lo posible. Por ejemplo, durante la Guerra de Argelia, miles de franceses se identifican con la lucha por la independencia del pueblo argelino y contra la represión. Eso fractura su identificación como franceses: con el Estado, con la policía, con la historia nacional. Esas subjetividades fracturadas protagonizarán, años más tarde, mayo del 68.

Al identificarnos hoy con Palestina, ¿de qué nos des-identificamos? Pienso que justamente de toda una noción de Occidente, de una serie de supuestos valores, de una arquitectura institucional. Todo lo que ha sido capaz de apoyar un genocidio como el de Gaza o, por lo menos, ha sido incapaz de detenerlo. Como reconoce hoy incluso Josep Borrel, “las instituciones europeas no están haciendo literalmente nada… Europa no es que vaya a perder el alma, sino que ya la ha perdido”.

Este es sin duda uno de los efectos políticos más importantes y duraderos de todo lo que ocurre ahora mismo: una ruptura subjetiva masiva con las creencias y las instituciones que sostienen el mundo europeo desde 1945.

La interrupción suspende también los lugares establecidos de la política o, más bien, la idea de que hay unos lugares que son propios de la política (Parlamento, instituciones, medios de comunicación) y otros que no (la vida cotidiana, la cultura o el deporte). En realidad nunca es así: la neutralidad apolítica del deporte es muy relativa (las interferencias entre poder político, poder empresarial y deporte son constantes y determinantes). La politización desde abajo puede aparecer en cualquier lugar, tomar cualquier objeto y cualquier espacio (el movimiento obrero politizó el trabajo y las fábricas, el movimiento feminista politizó las camas y las cocinas).

La interrupción es un tipo de politización que no tiene lugar o espacio definido, sino que puede aparecer de improviso en cualquiera de ellos, mostrando lo que hay de político invisibilizado o naturalizado, y revelando otras posibilidades, otras potencialidades.

La interrupción circula, contagia y se replica, sin necesidad de pasar por las formas concentradas y jerarquizadas de la política tradicional. Es otra de sus facultades: cualquiera puede interrumpir, no es una prerrogativa exclusiva de profesionales o especialistas, sean políticos o activistas, sino que es una posibilidad ofrecida a todos. No es necesario ni obligatorio delegar la expresión de lo que se siente ante los acontecimientos del mundo que nos afectan. No hay tampoco por qué esperar. La interrupción es aquí y ahora.

Esta democratización de la acción, de las posibilidades de acción y de expresión, ha interrumpido también algo de nuestra propia impotencia ante lo que sucede. Algo de nuestra condición de espectadores, de comentaristas u opinadores, más o menos indignados, más o menos resignados, más o menos indiferentes. No es poca cosa esto, recuperar una sensación de agencia política. La interrupción tiene su eficacia, su propia eficacia, y es capaz también de tener efectos masivos y bien visibles por todos. ¿O alguien piensa que el decreto-ley de Pedro Sánchez contra el gobierno de Israel no responde a las movilizaciones de estos días?

La interrupción ha sido siempre una fuerza de los débiles. La fuerza de los que no tienen ningún poder, armas, dinero o tecnologías. En el pasado hizo estallar desde dentro potentes máquinas represivas y autoritarias, como el ejército norteamericano en Vietnam (por la deserción) o los regímenes policíacos del este de Europa (por la disidencia).

Conversaciones con Amador Fernández-Savater – Aieteko Bizilagunen Elkartea

1 comentario en “La eficacia de la interrupción (sobre los cortes en la Vuelta)”

  1. ‘La vida después de Gaza’, de Pankaj Mishra
    El ensayo de Pankaj Mishra, El mundo después de Gaza, es una obra fundamental y provocadora que nos obliga a reexaminar la historia moderna desde un punto de vista totalmente diferente al occidental. En sus páginas, Mishra desmantela la narrativa dominante tras la II Guerra Mundial, la cual pivota sobre el Holocausto, para proponer una contra-narrativa en la que la descolonización es el verdadero eje de la segunda mitad del siglo XX.
    El autor confronta al lector con una pregunta incómoda: ¿por qué la Shoah se ha convertido en la base moral de la sociedad occidental, mientras que otros genocidios o la esclavitud de los pueblos africanos han sido sistemáticamente relegados al olvido? Esta doble moral, según Mishra, se manifiesta en la retórica de los derechos universales de Occidente, que en la práctica solo se aplican a los hombres blancos. Mishra es claro al manifestar el carácter profundamente racista de un sistema que instrumentaliza el dolor de sus propias víctimas.
    El Holocausto se presenta no solo como un trauma, sino como un elemento fundacional del Estado de Israel, una excusa para justificar una política de «los más fuertes» que se manifiesta en la limpieza étnica de Palestina en 1948, con la expulsión de 750.000 personas. El autor subraya la dolorosa paradoja de cómo una nación de víctimas se convierte en un estado que perpetúa la opresión. Con base en fuentes judías, el libro documenta la instrumentalización del genocidio nazi y la voluntad de los sucesivos gobiernos de Israel de borrar a Palestina del mapa, una política que se ha visto reforzada por los atentados del 11-S y la «guerra contra el terror».
    El libro nos invita a reflexionar sobre cómo el racismo está más extendido de lo que queremos creer. La discriminación no solo es por razón de etnia sino también por razón de religión. El gran discriminador ha sido el hombre blanco cristiano.
    Mishra nos recuerda que la historia del Holocausto se ha contado de forma incompleta, silenciando a otras víctimas y centrándose solo en la persecución judía, una tergiversación que ha permitido que el victimismo judío se convierta en una herramienta política. En este sentido, la relación de Alemania con Israel, desprovista de toda moralidad, es un ejemplo del cinismo que el libro denuncia.
    Una de las tesis que defiende el libro es la comparación entre los palestinos y los indios bajo el Imperio Británico: ambos fueron tratados como ciudadanos de segunda clase, por mucho éxito que tuvieran. El autor argumenta que el fracaso de la integración en las sociedades avanzadas empujó a los judíos a crear un estado étnicamente puro, un reflejo de lo que ellos mismos habían sufrido. Esta idea, junto con sus experiencias personales, le permite a Mishra ofrecer un análisis más profundo de las dinámicas de la otredad.
    En un mundo donde el nacionalismo, la identidad y el victimismo se han convertido en armas, El mundo después de Gaza es un libro necesario. Su brújula moral es incuestionable, y aunque el autor reconoce que vivimos en un momento de gran pesimismo, también sostiene la necesidad de luchar, incluso si no se puede ganar. Es una obra que nos enseña que solo hay una patria: la de los seres humanos.

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