
El Sol, divinidad de tantas culturas, reducido ahora a simple asalariado del poder. Antes decidía sobre el bien y el mal, sobre la vida y la muerte; dictaba cuándo salir y era objeto de sacrificios. Hoy, el pobre necesita permiso para amanecer. Qué significativo resulta ver cómo los nuevos señores feudales domestican a sus propias divinidades con un contrato laboral y una alarma a las seis. El cambio de hora ya no es un milagro cósmico: es solo otro ajuste del departamento de recursos humanos.

Una descripción, muy acertada sobre quien y quienes nos imponen sus ideas de ahorro.Que para nada se corresponde a los movimientos naturales del Sol.