A la hora del café, sonó el ‘Son de los Diablos’.
Así fue como tres demonios, con cuernos, rabo y tridente, saltaron al escenario —en un ala del propio comedor del Náutico— e irrumpieron bailando al compás del Son de los Diablos. En ese momento, desplegando sus potentes alas, se presentó un “feroz” cóndor. Los seguidores de Satanás lo acosaron para hacerlo huir, pero finalmente diablos y cóndor compusieron juntos un baile que encantó a todos.

Varios comensales se sumaron a la danza, mientras la canción de los diablos sonaba con fuerza. Todos cantaron con tal entusiasmo que los bafles improvisados en la sala quedaron enmudecidos.
Esta forma de celebrar la sobremesa es una memoria viva del encanto del viaje y de sus deslumbrantes visitas.

Supimos durante el viaje que, tras la independencia del Perú en 1821, los afrodescendientes habitaron en callejones cercanos a iglesias y plazas de Lima, donde se celebraban fiestas populares. Allí, formaban cuadrillas que danzaban el Son de los Diablos, una expresión cultural rica en historia y fuerza simbólica.

La danza representa al diablo —con máscaras, rabos y tridentes— y desfilaba por las calles como una comparsa, al mando del Caporal. La coreografía incluye zapateo, movimientos acrobáticos y gritos diseñados para asustar a los transeúntes. Se acompañaba con guitarras, la tradicional cajita peruana y la quijada de burro.

En el Náutico, además, sonaron otros instrumentos étnicos de percusión, pero por encima de todo se escuchaba el grito para ‘asustar al cóndor’ y un «¡Auuuuuu!» persistente, que salía de las bocas de los comensales y del goce colectivo.
`Lo mejor del viaje es la celebración del regreso´ – Aieteko Bizilagunen Elkartea
