5 comentarios en “El aurresku de Rajoy en 19 segundos”

  1. una de Rajoy. Después de haber sacado a patadas a Rita Barberá del PP, asiste a un acto en recuerdo de la doña difunta. Por si no fuera bastante con la desvergonzada hipocresía, tuitea: “El homenaje que hoy rendimos a Rita Barberá es también para todos los concejales y para tantos a los que el terrorismo arrebató la vida”. ¡El terrorismo!
    Otra. El mismo día en que los ciudadanos recibimos la factura del sablazo eléctrico de enero, con hostias medidas en euros que no las arrea ni Mike Tyson, el gachó se queda más ancho que largo piando que hace dos años la luz costaba más. Lo suelta en el Congreso, y todavía tiene el desahogo de hacerse el ofendido. “Es increíble que tenga que explicar que la lluvia influye en el precio”, rezonga.
    Una más. El día anterior, y en el ya mentado clima de cabreo cósmico por la saña de los señores de la energía, nos enteramos de que el exdirector de la Guardia Civil, amén de amigo íntimo y paisano de Tancredo, Arsenio Fernández de Mesa, engrosará el Consejo de Administración de Red Eléctrica Española. Hasta el líder del felpudo naranja en que se refocila Rajoy califica como dedazo el nombramiento del antiguo baranda verdeoliva.
    ¿Que por qué las gasta así y peores el presidente del Gobierno del reino de España? Simplemente, porque puede permitírselo. Va sin cadena por la pista política. Recién reelegido tras aplastar a sus rivales por desgaste, mire a donde mire, no encuentra nada parecido a una oposición. Todo lo que hay son dos partidos, PSOE y Podemos, entregados en cuerpo y alma a sus feroces reyertas internas. Dentro de un tiempo se dirá: “Así se las ponían a Mariano

  2. La fuerza del fascismo no está en el nazi capaz de patear a un imigrante, sino en el tipo simpaticón que cuenta chistes racistas en la sobremesa recibiendo risas

    La última actuación de Mariano Rajoy como cómico fue en una de esas quedadas organizadas por señores con chaqueta, corbata y suficientes apellidos como para jurar por el marquesado del abuelo que llegaron a CEO mediante sacrificio y esfuerzo. Empecé en un garaje, fue aparcando el Porsche cuando mi padre me dijo que se jubilaba. En una de esas reuniones en las que a darse la razón y comer bien se le llama foro, el expresidente nos hizo reír una vez más. Ahora no puedes separar el tapón de la botella de agua, decía, y yo me pongo perdido, qué necesidad hay de esto, un poco de sentido común, por favor, se quejaba de las medidas medioambientales europeas –con el voto a favor de su propio partido– y los presentes se meaban de la risa. No se puede ser más gracioso, es un crack, alababan en los corrillos a aquel tipo inhabilitado para abrir una botella girando un tapón de rosca, pero capaz de aplicar recortes salvajes contra los pobres, esa gente que si no se ríe es porque no acude a los foros suficientes.

    Que Rajoy cae mejor que Greta Thumberg no es un secreto ni en una manifestación por el clima. Es humano. ¿Quién no se ríe más con el repetidor que con el empollón de la clase? ¿Quién prefiere quedar para unas cervezas con el amigo responsable que con el inconsciente? ¿Cómo no va a caer bien un Rajoy –no confundir con M.Rajoy– que, mientras negociaba presupuestos para asfixiar a los trabajadores, hacía pausas para ver jugar al Madrid? Quien pensó que, tras cada partido de la selección española, don Mariano podría escribir –o enviar por audio de whatsapp– una columna de opinión, es un genio. Como amante del fútbol y de la política no me pierdo una. Con Rajoy siempre se aprende. Que gana el que marca más goles, que son once contra once y eso suma veintidós. Que, al fin y al cabo, una portería está formada por tres palos y se trata de hacer pasar la pelota por ahí en medio. Sus análisis no ganarán un Pulitzer, pero un buen día podrían sacar del coma cerebral a una coliflor o una lechuga y verás el susto.

    Además de aprender, con Rajoy se recuerda. En su último análisis, quien dirigiera el gobierno de España durante siete años aseguró que en la selección de Francia no hay franceses y no sabemos cómo han reaccionado las lechugas, pero esto ha confundido a muchos humanos. Yo, que he visto durante este último mes marcar goles a los parisinos Mbappé y Dembélé, dar asistencias al llionés Barcolá o defender al normando Tchouamení, no entendía hasta que recordé. Recordé que los titulares de Francia son negros y que Rajoy es aquel gallego de familia acomodada que en su juventud, antes de ser presidente del gobierno o periodista deportivo, escribía que los hijos de buena estirpe siempre superan a los demás. Recordé que la fuerza del fascismo no está en el nazi capaz de patear a un imigrante, sino en el tipo simpaticón que cuenta chistes racistas en la sobremesa recibiendo risas. Rajoy nos recuerda en su columna que la gran ventaja de los pensamientos podridos es su enorme compatibilidad con el buen rollo. Uno puede ir por ahí diciendo que no le gustan los gitanos, que las tías son unas histéricas y los mariquitas viciosos y que eso sólo le convierta en racista, machista u homófobo en los histéricos ojos de los amargados que pretenden darte una charla. Uno puede ser el presidente del gobierno que cobraba sobresueldos y animaba por SMS a corruptos mientras castigaba a los pobres para pagar la fiesta de los ricos y que esos mismos pobres te consideren un un tío majo, encantador, simpático. Rajoy no hace daño a nadie por decir que si eres negro no eres francés. Negar derechos por el color de la piel no lo convierte en un ultra o un racista, sino en el tío simpático de siempre, un moderado que habla de fútbol sin meterse con nadie. Pues verás como viene algún radical y llama facha al pobre Mariano.

  3. Rajoy vuelve (capitulo II)

    Rajoy ha conseguido, desde el sofá de su casa y con una columna de doscientas palabras, convertir la fiesta nacional francesa en un incidente diplomático, justo cuando Exteriores negocia un Tratado de Amistad con París. Es, hay que reconocérselo, una obra maestra de la torpeza que solo puede hacer alguien a quien nadie toma en serio

    No son franceses

    A Mariano Rajoy le ha funcionado tremendamente bien construirse ese personaje salido de The Office de señor disléxico al que se le cae la bola de helado del cucurucho. También ha sabido bailar excepcionalmente sobre la delgada línea que separa el hacerse el tonto con serlo y, además, serlo del culo. Esos detalles le han ayudado a que perviva mucho más la frase de que es el alcalde el que elige a los vecinos que, por ejemplo, la amnistía fiscal con la que Montoro les cobró un diez por ciento a los que habían escondido el dinero fuera mientras a nosotros nos subía el IVA al veintiuno, y que el Constitucional tumbó en 2017, cuando ya no servía de nada, cuando el defraudador ya había vuelto a casa con el capital lavado y planchado. O que las quince personas que murieron ahogadas en la playa del Tarajal mientras la Guardia Civil disparaba pelotas de goma al agua, en febrero de 2014, y cuya causa se archivó con la misma placidez con la que se archiva una multa de aparcamiento. O que la sanidad universal, que se acabó por decreto en 2012 y a la que se llegó por la vía de decidir que había personas cuya tos no era asunto nuestro. O que el copago a los pensionistas, o la ley mordaza, o los treinta y tres por año trabajado, o el “Luis, sé fuerte” enviado al tesorero de la caja B mientras el tesorero de la caja B miraba el móvil desde el banquillo de los acusados. Ninguno de esos hitos ha cuajado como estampa nacional. Han cuajado eso que dijo de que los catalanes hacen cosas.

    Ahí es donde está el truco, que no es un truco menor, dicho de otra forma, es un truco mayor: el personaje no es el envoltorio comunicativo de la política de Rajoy, es la infraestructura en la que se desarrolla. El personaje del “tontorrón gallego” es lo que permite que la crueldad pase por torpeza y que la torpeza pase por bonhomía. Un dispositivo de blindaje moral de una eficacia que ya quisiera el resto de la derecha europea, que se deja las cejas explicando lo que él resuelve encogiéndose de hombros y poniendo cara haberse comido la plastilina. Es por eso por lo que, cuando el viernes escribió en El Debate que Francia tiene una plantilla de altísimo nivel, “eso sí, sin franceses”, medio país lo leyó como quien lee un lapsus del abuelo en la comida de Navidad.

    Y entonces ocurre que la Embajada de Francia en Madrid se ve en la obligación de publicar un comunicado para explicarle a un expresidente del Gobierno de España que, de los veintiséis convocados de Deschamps, veintitrés nacieron en Francia, y que los otros tres también son franceses, por si acaso. Una delegación diplomática extranjera haciendo un fact check de parvulitos al hombre que gobernó este país siete años. Detrás llegaron todos en tropel: el ministro del Interior francés, que lo despachó como inaceptable; la ministra de Ultramar, que pidió a la Federación que estudiara acciones legales; el presidente de la Federación, que dijo que sus jugadores no necesitan certificados de nacionalidad expedidos por expresidentes españoles. Y por si alguien pensaba que esto era cosa de la izquierda francesa buscando bronca, ahí estaba también Valérie Pécresse (la derecha, la derecha con mayúsculas, la derecha que gobierna Île-de-France) acusándole de no entender absolutamente nada del alma del pueblo francés.

    Todo esto, conviene recordarlo, a cuarenta y ocho horas de que la selección española juegue una semifinal del Mundial contra Francia el día 14 de julio. El 14 de julio. Rajoy ha conseguido, desde el sofá de su casa y con una columna de doscientas palabras, convertir la fiesta nacional francesa en un incidente diplomático, justo cuando Exteriores negocia un Tratado de Amistad con París. Es, hay que reconocérselo, una obra maestra de la torpeza. La clase de cosa que solo puede hacer alguien a quien nadie toma en serio, que es exactamente el punto. Pero es a partir de este punto cuando conviene dejar de reírse y de reírle las gracias, porque el peligro de este tipo está en todo lo que hace y todo lo que piensa, mientras nosotros nos hemos pasado catorce años haciendo crónica de sus formas de payaso y no de sus fines draconianos.

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