Comparte ese desencanto del que hablan algunos vecinos, aunque es entusiasta a la hora de defender que el centro cultural pondría en valor el parque, que el proyecto garantiza que no se toca el arbolado y los parterres y que, en días desapacibles podrá entrar en esa casa de cultura y hojear un libro. «O leerlo en un banco».
Tanto Irene como su marido, Marcial Otegi, presidente de esta Asociación de Amigos del Parque, consideran que la campa trasera que se toca no tiene el valor que algunos quieren darle, que la hermosa zona de especies únicas no se altera y que estará más protegida si el edificio tiene usos. «Vigilamos que se cuide la zona verde cada día, a veces discutimos con madres y cuidadoras, tratamos de señalizar qué zonas deben preservarse más del uso». Se queja de que, a veces acuden un montón de niños con sus profesores «y creo que hay poco respetos». La campa que se generaría sobre el edificio semisoterrado de nueva construcción serviría, a juicio de Otegi, para que los chavales pudieran jugar al balón. La entidad defiende la necesidad de que se habilite una casa de cultura «en un barrio con más habitantes que muchos pueblos de Gipuzkoa» y sus miembros están convencidos, según Irene y Marcial, de que la falta de uso del palacio no beneficia a nadie y, sobre todo, de que un parador o un hotel, «¿qué barbaridad!», supondría una agresión al barrio, al parque y un uso privativo de un entorno privilegiado. «La campa en la que se interviene no la visita nadie, el palacio sólo sirve para dar alguna charla».