Nuestra Marta Cárdenas estrena el Premio Xabier Sáenz de Gorbea

Después de toda una vida abriendo puertas que el mundo cerraba, a ella y a todas las pioneras que lucharon con denuedo en todas las facetas de la vida, la pintora aietearra Marta Cárdenas se convirtió ayer en la primera persona galardonada con el Premio Xabier Sáenz de Gorbea a la dedicación artística, instituido por el Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Luis y Marta en uno de los cine-club de Lantxabe

Ella y su compañero Luis de Pablo son donostiarras de pro, y la gente de Aiete, o al menos algunos del barrio, esperamos del consistorio un reconocimiento a su altura. Su único defecto es su radical independencia.

El dos de octubre pasado hacíamos una referencia a Marta y a la familia Cárdenas, del caserío Mamelena.

Marta es una pintora de largo recorrido. Ella mantiene un aire adolescente en su mirada. Es una mujer con una ilusión grande por su trabajo, por todo lo que sea arte, en cualquier dimensión, es admiradora de la obra y de Luis. Algunos la recuerdan por su militancia obrera. Presume de su excelente euskara guipuzcoano, aprendido aquí y allá, en especial en la zona de Urrestilla/Aratz-Erreka, en donde ha pintado mucho. Y, en efecto, hace bien por presumir, hablar y por guardar nuestra lengua tras combinar su residencia en Madrid, con la de Aiete. El paisaje rural y el natural le han influido mucho en su pintura. Siempre que ha podido, ha acudido al monte guipuzcoano o a la dehesa madrileña a pintar al aire libre.

Hace once diseñó el Olentzero de Aiete

Marta Cárdenas ahora tiene 76 años, y se ha hecho acreedora al galardón por su «rica trayectoria (…), iniciada a mediados de la década de 1960″, que «constituye una de las más sólidas y singulares de su generación en la pintura española y vasca contemporáneas, todavía pendiente de una merecida reivindicación», según palabras de un jurado compuesto por Sonia Rueda, compañera del historiador y crítico de arte, que da nombre al premio; Miguel Zugaza, director del Museo de Bellas Artes; Beatriz Herráez, directora del Artium gasteiztarra, y Francisco Javier López Landatxe, exdirector del donostiarra Koldo Mitxelena Kulturnea.

El premio, dotado con 10.000 euros, reconoce «la temprana originalidad» de la obra de la donostiarra, «dentro de la renovadora tendencia entre el pop y la nueva figuración«, que «se ha prolongado a lo largo de una dilatada y muy personal carrera artística que llega hasta hoy. Con su trabajo, Marta Cárdenas ha logrado expandir de una forma extraordinaria el campo de experimentación de la pintura y crear un espacio propio para la representación que transita alternativamente entre la realidad y la abstracción».

La concesión del premio también sirve para reconocer «la generosidad de la artista con el Museo de Bellas Artes de Bilbao, a cuya colección decidió en 2014 donar la más amplia selección de su fundamental faceta como dibujante». [Pena para los donostiarra, no es cierto que nos merecemos lo que tenemos, antes al revés]

Marta Cárdenas, en la muestra que le dedicó el Bellas Artes en 2014.

Marta es una figura fundamental de la generación de artistas vascos que se dio a conocer a caballo entre las décadas de los años 60 y 70 del pasado siglo, entre los que también figuraban Vicente Ameztoy, Ramón Zuriarrain, Juan Luis Goenaga y Andrés Nagel, además de la popular Mari Puri Herrero, creadora de Marijaia.

Tras dar sus primeros pasos artísticos en Donostia de la mano de Jesús Gallego -primer pintor que se ofreció a exponer en Katxola (2003)- y Ascensio Martiarena, la donostiarra cursó estudios en la madrileña Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, lo que le permitió entrar en contacto con la abstracción que representaban los artistas reunidos tanto bajo el colectivo El Paso como los que conformaban el Grupo de Cuenca.

Marta Cárdenas, en 2019 en la galería Ekain de Donostia, donde expuso sus obras. (Andoni CANELLADA – FOKU)

En 1969 estuvo temporadas en París -alternando con sus estancias en Rentería y colaborando con la oposición antifranquista- . En la capital francesa su trabajo se centró en pequeños detalles de la vida cotidiana, desde una silla al pomo de una puerta. Ese año recibió el primer premio en el estreno del Concurso de Pintoras de Gipuzkoa, lo que le permitió al año siguiente realizar su primera exposición individual en la donostiarra galería Huts, antes de darse a conocer en Bilbao, tras su paso por Grises, su pintura austera y de tonalidades apagadas.

Diez años después –tras completar estancias en Berlín, Estocolmo, París, Milán o Lisboa, siempre con Luis de Pablo–, da un paso más en la configuración de su trabajo y cambia los pequeños detalles del mundo interior en paisajes al aire libre, realizados con una técnica rápida y gestual que la llevarán hasta reducir al máximo los elementos compositivos de sus obras para ganar sutilezas tonales y refinamiento cromático. Su lema era entonces: “En el dibujo, la máxima economía; en el color, la máxima riqueza».

También le marcó una visita a Japón, cuando la década de los 80 llegaba a su fin, donde descubrió la filosofía Zen, tras lo cual incorporó en sus lienzos diferentes recursos gráficos inspirados en la caligrafía oriental.

En 1995 tuvo una relación profesional con Miguel Zugaza, con ocasión de la publicación del catálogo razonado de sus dibujos entre 1960 y 1995, a cargo del actual director del Museo de Bellas Artes, que dio lugar a una gran exposición antológica de sus trabajos sobre papel en la sala de exposiciones de la BBK, en la Gran Vía bilbaina.


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