75 años del final del horror

El 27 de enero de 1945 las tropas soviéticas liberaron el mayor complejo de campos de concentración creado por el régimen nazi. Más de un millón de personas, en su mayoría judíos, fueron aniquiladas en él.

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JOSEMI BENÍTEZ Diario Vasco

1 comentario en “75 años del final del horror

  1. Lantxabe Autor

    Auschwitz en el siglo XXI
    Ninguno de los problemas de nuestra época los solucionará el fascismo, la xenofobia o el nacionalismo, como no lo hicieron en el periodo de entreguerras en el que germinó el nazismo
    DANIEL REBOREDO
    Las crisis a las que se enfrenta nuestro mundo son abrumadoras. Guerras que destruyen países enteros; catástrofe climática inminente e irreversible; emergencia global de desplazamiento, éxodo y migración de refugiados; desaparición progresiva de derechos ciudadanos e incertidumbre y precariedad futura; declive de la democracia tras la crisis financiera de 2008, el deterioro del Estado de Bienestar (educación, sanidad, dependencia…) y el incremento brutal de la deuda mundial (325 billones de dólares) y, finalmente y aprovechándose de todo ello, eclosión del huevo de la serpiente fascista y de las fuerzas políticas de extrema derecha en todas partes y cada vez con mayor fuerza. A pesar de los muchos avances que mejoran nuestra vida, estamos entrando, o quizás ya estemos dentro, en un nuevo declive de la historia de la humanidad que, en estos momentos, se manifiesta en una cultura de competencia, individualismo y pérdida de valores, una cultura de codicia, ruindad, miedo y odio internacional.
    Las banderas en nombre de Dios, de la patria y del dinero ondean por doquier y debilitan la democracia. De ahí que no sea casualidad que los enemigos de la lucha contra el deterioro del medio natural también sean los enemigos del ambiente político y que la democracia esté en peligro por las mismas razones que el medio ambiente. No hay capacidad ni voluntad política de llegar a un acuerdo global. Los dos términos que definen nuestra época son crisis y protestas. El primero es el resultado de un sistema mundial que se ha agotado y el segundo es un estruendo hacia el futuro. Ninguno de los problemas que caracterizan nuestra época los solucionará el fascismo, la xenofobia o el nacionalismo, como no lo hicieron en la época de entreguerras del pasado siglo en la que germinó el nazismo.
    El 75 aniversario de la liberación del campo de exterminio nazi de Auschwitz define claramente, por aquello que representa y significa, la inutilidad y el riesgo de confiar otra vez en las soluciones milagrosas que nos ofrecen los amigos de la barbarie y los mesías. En el contexto del Holocausto, la función principal de uno de éstos, Adolf Hitler, fue establecer una visión; una visión relativamente coherente desde el momento en que entró en política al acabar la primera guerra mundial. Su odio fanático hacia los judíos a los que consideraba culpables del infortunio de Alemania le llevó a neutralizarlos y para conseguir este objetivo varió los métodos a lo largo del tiempo y se adecuó a lo que consideró en cada momento el líder nazi. El camino del Holocausto se jalonó por muchos hitos diferentes y entre los más importantes y cruciales destacan la invasión de la URSS; la decisión de Hitler de enviar al Este, en el otoño de 1941, a los judíos del antiguo Reich y el Protectorado; la respuesta a la entrada de EE UU en la guerra, pocos meses después; y la orden de matar a los judíos del Gobierno General, en el verano de 1942.
    La atrocidad más horripilante de la historia no fue el fruto de un momento único con una decisión sorprendente y sorpresiva, sino de toda una serie de momentos, una escalada que se fue acumulando hasta fraguar en la catástrofe que conocemos por el nombre de Holocausto. La estructura del Estado nazi también interpretó un papel en la manera en la que éste evolucionó y el hecho de que distintos campos de exterminio usaran diferentes medios para gasear a los judíos (Zyklon B en Auschwitz, monóxido de carbono generado por motores en Treblinka y camiones de gas en Chelmno) pone de manifiesto que el sistema nazi animó a los subordinados a concebir sus propias formas de hacer realidad la visión general. Durante años, los campos de exterminio convirtieron en cenizas a más de un millón de bebés, niños, adolescentes, mujeres y hombres adultos, ancianos. Solo los fuertes vivieron en el horror, convertidos en esclavos, reducidos a un número tatuado en su antebrazo izquierdo. Durante años, miles de personas pasaron de forma fugaz por la fábrica mortal, y murieron asesinadas en grandes baños de puertas herméticas, decorados con carteles que les recordaban que no olvidasen dónde dejaban su ropa. El escenario del teatro de la muerte estaba presente.
    En la conmemoración de este aniversario, ¿sirve realmente de algo recordar y mostrar el horror? ¿O es una excusa para que el drama torne en espectáculo? Algunos piensan que hacerlo es puro sensacionalismo y otros consideran que se recupera del anonimato a miles de víctimas a las que se les hace un poco de justicia. En cualquier caso, lo que nadie puede negar es que se trata de remover un poco las conciencias de los ciudadanos y de reflexionar sobre algo que, aunque ocurrió hace muchos años, puede volver a repetirse si no lo está haciendo ya. Y recordemos que la responsabilidad nazi es clara, pero que no hay que olvidar que el mundo entero rechazó la posibilidad de acoger a los judíos antes de que se produjera la masacre. Ni Australia con sus enormes espacios, ni Canadá con sus paisajes inexplorados y vacíos, ni el resto de países europeos aliados en los que hubieran podido asentarse. La maldad y la culpa se reparte entre todos los beligerantes. A estas alturas tendríamos que haber aprendido de las últimas dos guerras mundiales y del Holocausto, que esas ideologías que se nutren de la desesperación humana no son una respuesta, sino la raíz de la guerra, la confrontación, el caos y la ignominia. Auschwitz fue una de sus manifestaciones más perversas y da la impresión, tal y como van las cosas en el mundo, de que volveremos a tropezar en la misma piedra. ¿Será porque en el fondo nos gusta?

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