“Eterna sombra”, el último poema de Miguel Hernández

El poeta nació un 30 de octubre de 1910, en Orihuela

Para celebrar su aniversario una de las personas que colabora en esta web, nos ha pedido que publiquemos este poema como homenaje a su vida y a su muerte

ETERNA SOMBRA

Yo que creí que la luz era mía

precipitado en la sombra me veo.

Ascua solar, sideral alegría

ígnea de espuma, de luz, de deseo.

Sangre ligera, redonda, granada:

raudo anhelar sin perfil ni penumbra.

Fuera, la luz en la luz sepultada.

Siento que sólo la sombra me alumbra.

Sólo la sombra. Sin astro. Sin cielo.

Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles

dentro del aire que no tiene vuelo,

dentro del árbol de los imposibles.

Cárdenos ceños, pasiones de luto.

Dientes sedientos de ser colorados.

Oscuridad de rencor absoluto.

Cuerpos lo mismo que pozos cegados.

Falta el espacio. Se ha hundido la risa.

Ya no es posible lanzarse a la altura.

El corazón quiere ser más de prisa

fuerza que ensancha la estrecha negrura.

Carne sin norte que va en oleada

hacia la noche siniestra, baldía.

¿Quién es el rayo de sol que la invada?

Busco. No encuentro ni rastro del día.

Sólo el fulgor de los puños cerrados,

el resplandor de los dientes que acechan.

Dientes y puños de todos los lados.

Más que las manos, los montes se estrechan.

Turbia es la lucha sin sed de mañana.

¡Qué lejanía de opacos latidos!

Soy una cárcel con una ventana

ante una gran soledad de rugidos.

Soy una abierta ventana que escucha,

por donde va tenebrosa la vida.

Pero hay un rayo de sol en la lucha

que siempre deja la sombra vencida.

1 comentario en ““Eterna sombra”, el último poema de Miguel Hernández

  1. María José Zunzunegi

    Hace 20 años Rafael Alberti fallecía en Puerto de Santa María, la ciudad que lo vio nacer.
    Fue compañero de Miguel Hernández. Abusando de la hospitalidad de este rincón del poeta, me tomo la libertad de recordarle con este poema

    Tres recuerdos del cielo
    Homenaje a Gustavo Adolfo Bécquer

    PRÓLOGO

    No habían cumplido años ni la rosa ni el arcángel.

    Todo, anterior al balido y al llanto.

    Cuando la luz ignoraba todavía

    si el mar nacería niño o niña.

    Cuando el viento soñaba melenas que peinar

    y claveles el fuego que encender y mejillas

    y el agua unos labios parados donde beber.

    Todo, anterior al cuerpo, al nombre y al tiempo.

    Entonces, yo recuerdo que, una vez, en el cielo…

    PRIMER RECUERDO

    …una azucena tronchada…

    G.A. BÉCQUER

    Paseaba con un dejo de azucena que piensa,

    casi de pájaro que sabe ha de nacer.

    Mirándose sin verse a una luna que le hacía espejo el sueño

    y a un silencio de nieve, que le elevaba los pies.

    A un silencio asomada.

    Era anterior al arpa, a la lluvia y a las palabras.

    No sabía.

    Blanca alumna del aire,

    temblaba con las estrellas, con la flor y los árboles.

    Su tallo, su verde talle.

    Con las estrellas mías

    que, ignorantes de todo,

    por cavar dos lagunas en sus ojos

    la ahogaron en dos mares.

    Y recuerdo…

    Nada más: muerta, alejarse.

    SEGUNDO RECUERDO

    …rumor de besos y batir de alas…

    G.A. BÉCQUER

    También antes,

    mucho antes de la rebelión de las sombras,

    de que al mundo cayeran plumas incendiadas

    y un pájaro pudiera ser muerto por un lirio.

    Antes, antes que tú me preguntaras

    el número y el sitio de mi cuerpo.

    Mucho antes del cuerpo.

    En la época del alma.

    Cuando tú abriste en la frente sin corona, del cielo,

    la primera dinastía del sueño.

    Cuando tú, al mirarme en la nada,

    inventaste la primera palabra.

    Entonces, nuestro encuentro.

    TERCER RECUERDO

    … detrás del abanico de plumas de oro…

    G.A. BÉCQUER

    Aún los valses del cielo no habían desposado al jazmín y la nieve,

    ni los aires pensado en la posible música de tus

    cabellos,

    ni decretado el rey que la violeta se enterrara en un libro.

    No.

    Era la era en que la golondrina viajaba

    sin nuestras iniciales en el pico.

    En que las campanillas y las enredaderas

    morían sin balcones que escalar y estrellas.

    La era

    en que al hombro de un ave no había flor que apoyara la cabeza.

    Entonces, detrás de tu abanico, nuestra luna primera.

    Poema incluido en la obra Sobre los ángeles, publicada en 1929

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