La “Crucifixión” de Tintoretto, Henry James, Ana Sánchez-Lassa

Uno de los lienzos que, en la entretenida y atractiva charla del pasado martes en Aiete, glosó Ana, fue la Crucifixión de Tintoretto. Luego no tuvo tiempo de entrar en detalles, pero proyectó una transparencia en la pantalla, con un comentario impreso de Henry James y otro de El Greco.

Nos interesa mucho la opinión de Henry James, porque es el autor de Los papeles de Aspern, próxima novela que tenemos en tertulia del Ciclo de Literatura y Cine de Aiete.

Henry James, además, es el autor más analizado en nuestras tertulias: es la tercera novela que estudiamos de él, la primera en los tiempos de Katxola.

Pues bien, indagando, nos encontramos que Henry James, dejó escrita su deslumbrante sensación -que nos comentó Ana- sobre el lienzo, en el relato “Compañeros de viaje” p.74-75

Reproducción literal:

El chiquillo llegó con el sacristán y su llave, y nos condujeron hasta la presencia de la “Crucifixión”. Esta gran pintura es una de las mejores de la escuela veneciana. Tintoretto, el lector culto recordará, pintó dos obras maestras sobre este gran tema. La más grande y compleja está en la Scuola di San Rocco -que reproducimos más abajo y nos mostró Ana-; la otra, sobre la que hablo, es pequeña, sencilla, y sublime -la de la primera imagen de arriba-. Ocupa el lado izquierdo del estrecho coro de la pequeña y humilde iglesia en la que estábamos, y destaca por ser, con dos o tres excepciones, la mejor obra conservada de su incomparable autor. En todo el mundo del arte no se ha producido nunca un efecto tan poderoso a través de unos medios tan sencillos y selectos; nunca la inteligente elección de medios ha sido perseguida con una percepción tan refinada para conseguir un efecto. El cuadro ofrece a nuestra vista la esencia misma y central de la gran tragedia que representa. No hay ninguna Madonna desmayada ni ninguna Magdalena que consuele. No se describe ninguna escena de burla ni la crueldad de las masas reunidas. Observamos la silenciosa cumbre del Calvario. A la derecha hay tres cruces, destacando la del Salvador. Una escalera apoyada contra ella sostiene a un verdugo con turbante, que se inclina hacia abajo para recibir la esponja que le ofrece un compañero. Sobre la cima de la colina los cascos y las lanzas de una línea de soldados completan la severidad de la escena. La realidad de la pintura va más allá de las palabras: es difícil decir qué es más impresionante, si el horror desnudo del hecho representado o el inteligente poder del artista. Se respira una oración silenciosa de agradecimiento por no estar en posesión de la terrible clarividencia del genio Nos sentamos y observamos la pintura en silencio. El sacristán merodeaba por los alrededores, pero finalmente, cansado de esperar, se retiró al campo. Observé a mi compañera que se mostraba pálida, inmóvil y subyugada; evidentemente sentía la imponente fuerza de la obra con conmovedora compasión. Finalmente hablé con ella y, sin haber recibido respuesta, repetí mi pregunta. Ella se levantó y volvió su rostro hacia mí, iluminado con un vívido éxtasis de piedad”.

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