Euskalduna naiz eta harro nago

(«Yo soy vasco y orgulloso de serlo»)

Unamuno siempre se sintió orgulloso de la limpia ejecutoria de su linaje vasco. En un artículo fechado de 1911 hizo públicamente profesión de vasquismo, «vasco por todos sesenta y ocho costados, de casta, de nacimiento, de educación y sobre todo de voluntad y afecto.» El define el pueblo vasco como «de escasa imaginación, de bien repartida inteligencia, de sentimientos viriles y primitivos, pero más que nada, pueblo de acción e independencia.» Hablando de él como «un vascongado que estudie con la pasión de la verdad a su propio pueblo», Unamuno se interesó por la historia de los vascos dentro de Euzkadi y fuera de ella en las ajenas tierras de América donde nombres como Ignacio de Loyola, el libertador Bolivar, Garay el fundador de Buenos Aires, el loco Aguirre…sembraron el «genio vasco, pueblo juvenil en una civilización adulta, que convierte las ideas en fuerzas, el pensamiento en lucha.» Unamuno se maravilló de que «hoy haya vascos en todas partes, y la médula de [su] espíritu es la levadura de pueblos a los pies de los Andes.» El pueblo vasco, su pueblo «ha escrito en la superficie de la tierra y en los caminos del mar su poema, un poema de trabajo paciente, en la América Latina más que en otra parte alguna» .El analizó la historia de su pueblo como la de un pueblo belicoso, un pueblo de los que sobreviven, porque el alma del alma de este pueblo es el individualismo, el espíritu de independencia. A esas características se tiene que añadir la legendaria «testarudez, que acaso llegue a ser muchas veces en [ellos] un vicio pero que es sin duda de ordinario [su] virtud capital.» Unamuno dejó en varias ocasiones a Tirso de Molina, el honor de haber expresado de una manera minimalista pero prolija la esencia del alma vasca, en el primer acto de la prudencia en la mujer: «Cortos en palabras, pero en obras largos».

Unamuno euskaldun zaharra da bai…

(«Unamuno si habla euskera…»)

Es justamente en torno a esta frase que se desarrolló en Unamuno toda una cadena de sentimientos y tal vez de resentimientos enfocados en contradicciones. En «Recuerdo de niñez y mocedad» él se quejó porque el pueblo vasco ha sabido hacer grandes cosas pero no contarlas. Para él, el primer culpable de esto es el idioma vasco y su singularidad lingüística. El hecho lingüístico es fundamental en torno a todo lo que trata del País Vasco. Es a través de la lengua que un vasco se autodefine designándose como euskaldun (que posee el euskera o idioma vasco). Ese interés por el idioma, que tiene una función identitaria tan importante, no podía escapar a la vascofilia de Unamuno. El declaró que no había «nadie más interesado que [él] en el actual renacimiento vascongado, en este cultivo de su idioma, que aunque sea triste está muriendo.» En efecto nada es menos verdad. En su profusa producción literaria se encuentran una veintena de artículos o ensayos que desarrollan problemáticas vascas y cuyas escrituras se reparten entre 1884 y 1933; la mayoría de ellos fueron publicados antes de 1900. A estos se tiene que añadir otros escritos que hacen referencias al País Vasco pero en relación a otros temas . La mayor parte de sus
trabajos dedicados al vascuence fueron escritos entre 1886 y 1889. Los más importantes aparecieron en la Revista Vizcaya o los suplementos literarios de algunos periódicos de Bilbao. En 1888, a los 23 años de edad, Unamuno se presentó al concurso para ocupar la cátedra de vascuense creada por la diputación de Vizcaya. Coincidieron como opositores, Arana Goiri y el poeta Azkue. En esa epoca Unamuno tenía ya diferentes composiciones de menor importancia, tanto en prosa como en verso, escritas en vascuence. Una de las pocas muestras conservadas es una invocación del Arbol de Guernika, «Agur, arbola bedeinkatube!».
Ganó la plaza Azkue quien la conservó hasta su muerte en 1951.

Y los versos de Iparraguire que él había hecho suyos dan tal vez un principio de repuesta a lo que era verdaderamente su vasquismo:

Zabaldu bedi anaitasuna

Amoriozko kantuak,

Guzientzat du itzal ederra

Gure arbola santuaz.

(Extienda la fraternidad

los cantos del amor

para todos tienes hermosa sombra

nuestro árbol santo.)

4 comentarios en “Euskalduna naiz eta harro nago

  1. Unamuno y su casco viejo

    Desde principios de mes está en marcha el último de los itinerarios guiados a pie por los lugares donde transitó el reconocido autor bilbaíno
    Sheila Batiz Bilbao 10 SEP 2012
    “Francamente, voy perdiendo la gana de volver a Bilbao, y no me deleita el saber de sus progresos. Que progrese, sí, que progrese; mas sin que yo lo vea, a ser posible”. Se trata de una de las tantas frases recogidas en los escritos del filósofo, escritor y pensador bilbaíno Miguel de Unamuno (1864-1936). A este vasco universal no le agradó el rumbo que tomó la ampliación de la capital vizcaína durante cierta etapa de su vida.
    Aún así, durante su juventud, Unamuno llegó a adorar esta ciudad y, en concreto, su querido Casco Viejo, donde como él reconoció en más de una ocasión, “mi mundo, el que fraguó la roca sobre la que mi visión del universo se posa, fue, ante todo, la manzana comprendida en las calles de la Cruz, Sombrerería, Correo y Matadero”.
    El pasado 31 de diciembre se cumplió el 75 aniversario de la muerte de Unamuno. Para conmemorar esta efeméride, el programa de difusión patrimonial del consistorio bilbaíno Bilbao Izan ha diseñado un itinerario formado por tres recorridos diferentes de visitas guiadas para conocer lugares de la villa que ilustran etapas de la vida del autor.
    Las visitas programadas arrancaron a principios del mes de mayo con un paseo que se centró en las zonas de la infancia de Unamuno. El correspondiente al mes de junio volvió la mirada a la etapa que coincide con sus numerosos viajes en tren a Salamanca y Madrid, donde recibió formación y tomó contacto con otros pensadores, escritores y artistas.
    Mil personas participaron en cada uno de los dos recorridos propuestos, y este mes de septiembre, otro millar de personas va a poder hacerlo en torno a los “recuerdos de niñez y mocedad del autor”, con el fin de recordar y dar a conocer diferentes facetas de la vida y obra de uno de los más ilustres bilbaínos.
    Las visitas programadas durante este mes comenzaron el pasado lunes, y cuentan con la participación como guía del historiador y escritor José Antonio Ereño, uno de los mayores expertos en la vida y obra de Miguel de Unamuno.
    “El público tiene la oportunidad de viajar al Bilbao de la segunda mitad del sigo XIX desde la perspectiva del mismo Unamuno”, aseguran sus organizadores. Para ello, cuarenta personas, divididas en dos sesiones, recorren a diario los lugares que transitó el autor. El viaje por el imaginario de Unamuno arranca desde la Plaza del Arriaga y transcurre por lugares clave en su vida, como la vivienda de la calle Ronda, en la que nació, la iglesia de los Santos Juanes, donde pocos días después fue bautizado, y el Instituto Vizcaíno, al que acudió de niño, entre otros. “Al hablar de Bilbao, Unamuno tenía el Casco Viejo en su corazón, y es que sus aventuras comenzaron en la calle Correo, en su primera escuela”, explica Ereño a quienes participan en la visita a la que asistió este diario.

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  2. Alma vasca

    por Miguel de Unamuno
    «Egi alde guztietan
    Toki onak badira
    Bañan biyotzak diyo
    Zoaz Euskalerrirá.»
    Iparraguirre

    No se conoce a uno sino por lo que dice y hace, y el alma de un pueblo sólo en su literatura y su historia cabe conocerla –tal es el común sentir. Es hacedero, sin embargo, conocer a un pueblo por debajo de la historia, en su obscura vida diaria, y por debajo de toda literatura, en sus conversaciones.

    «Si los pueblos sin historia son felices, felicísimos han sido los vascos durante siglos y siglos», dijo de nosotros Cánovas del Castillo. De esta felicidad secular arranca nuestra juventud, una juventud amasada durante siglos. Pero ¿es que no hemos tenido historia? ¿Nos han faltado Aquiles u Homeros que los hayan cantado? «El pueblo inglés es un pueblo mudo; pueden cumplir grandes hazañas, pero no describirlas», dijo de su pueblo Carlyle, y con más razón que él del suyo puedo yo decirlo del mío. Y así como Carlyle añadía que su poema épico, el de los ingleses, está escrito en la superficie de la tierra, así añado yo que, más modestamente y más en silencio aún, ha escrito en la superficie de la tierra y en los caminos del mar su poema mi raza, un poema de trabajo paciente, en la América latina más que en otra parte alguna.

    Durante siglos vivió mi raza en silencio histórico, en las profundidades de la vida, hablando su lengua milenaria, su eusquera; vivió en sus montañas de robles, hayas, olmos, fresnos y nogales, tapizadas de helecho, argoma y brezo, oyendo bramar al océano que contra ellas rompe, y viendo sonreír al sol tras de la lluvia terca y lenta, entre jirones de nubes. Las montañas verdes y el encrespado Cantábrico son los que nos han hecho.

    Entramos tarde en la cultura, y entramos en ella con todo el vigor de la juventud y toda la cautela de una juventud elaborada tan lentamente, con timidez bajo la audacia misma. Porque el vasco, por arriesgado que sea ante la naturaleza, suele ser tímido ante los hombres, vergonzoso. El más valeroso marino vasco que haya afrontado el peligro supremo con serena calma, el más fuerte luchador contra los elementos que salga de mi raza, la de Elcano, el primero que dió vuelta al mundo, encuéntrase en sociedad cohibido. Mi paisano y entrañable amigo Juan Arzadun, en el hermosísimo relato la «Nochebuena del expósito», que figura en su precioso libro Poesía (tomo II de la «Biblioteca bascongada de Fermín Herrán», Bilbao 1897), habla del «tipo hermoso y tranquilizador del aldeano vasco» que «daba vueltas entre sus manos de gigante a la boina, lleno de insuperable timidez, y sonreía con vaguedad, fuerte y bonachón como un Hércules adolescente». La pintura es admirable; sobre todo lo de la timidez. Quien haya conocido en Universidades grupos de estudiantes vascongados, recordará dónde y cómo suelen reunirse, y cómo huyen de cierta sociedad. A ello ha contribuido no poco la natural torpeza para expresarse en lengua castellana, porque donde ha llegado a ser ésta, como en Bilbao, la nativa, las cosas varían.

    Vizcaino es el hierro que os encargo;
    corto en palabras, pero en obras largo.

    concluye diciendo Don Diego de Haro en aquel magnífico final de la escena primera del primer acto de La prudencia en la mujer, en que Tirso de Molina dijo de nosotros en cuarenta versos lo que en cuarenta volúmenes no se ha dicho después. «Cortos en palabras, pero en obras largos.» Hasta nuestras palabras suelen ser acción -que lo diga, recientemente, el vasco Grandmontagne- y confío en Dios en que cuando se nos rompan por completo los labios y hagamos oír nuestra voz en la literatura española, será nuestro pensamiento corto en palabras y en obras largo.

    Es, ante todo, un pueblo ágil y ágil más que maciza su activa y silenciosa inteligencia. Il saute comme un basque, se dice proverbialmente en Francia, y cuando nos metemos a escribir damos también saltos y cabriolas. Y la agilidad es la expansión más pura de la fuerza espontánea. Ved que nuestro juego típico es el de la pelota. De las ideas mismas hacemos pelotas en que adiestrar y robustecer nuestro espíritu. En los últimos disturbios de Bilbao, las ideas que unos y otros empendonaron eran, créanlo o no ellos, un pretexto para luchar.

    La inteligencia de mi raza es activa, práctica y enérgica, con la energía de la taciturnidad. No ha dado hasta hoy grandes pensadores, que yo sepa, pero si grandes obradores, y obrar es un modo, el más completo, acaso, de pensar. El sentimiento del vasco es un sentimiento difuso que no se deja encerrar en imágenes definidas, savia que resiste la prisión de la célula, sentimiento, por decirlo así, protoplasmático. Estalla en la música, que es lo menos ligado a empobrecedoras concreciones. Coged las letras de Iparraguirre sin música, hacedlas traducir, y os resultará lo más vulgar y pedestre. Y, sin embargo, oíd cantar aquel «extiende y propaga tu fruto por el mundo mientras te adoramos, árbol santo», y como en un mar se brizará en sus notas robustas vuestro corazón, acordando a ellas sus latidos. Y es que letra y música se concibieron juntas, como formas de una misma substancia.

    Un carácter rudo y pacientemente impetuoso, por lo común autoritario. De la rudeza dan buena muestra las atrocidades que de los turbulentos banderizos de fines de nuestra Edad Media nos cuenta Lope García de Salazar en su Libro de las buenas andanzas e fortunas, aquellas sombrías luchas entre los de Butrón y Tamudio, los de Tamudio y los Leguizamón, los Leguizamón y los Tariaga y Maztiartu, narradas con fúnebre monotonía por el viejo cronista mientras estaba preso por sus hijos en la torre de Sant Martín de Mesñatones.

    Y autoritarios, sí, autoritarios, a la vez que de espíritu independiente. Para mandar salvajes o para regir frailes, para colonizadores o para priores que ni hechos de encargo, pintiparados allí donde haga falta una energía un poco ruda y procedimientos rectilíneos, pero torpes para gobernar pueblos ya hechos, donde haya que concertar voluntades y templar gaitas, donde se requiera flexibilidad ante todo. Y cuando le toca ser subordinado el vasco, según la frase consagrada, obedece, pero no cumple; no dice que no, pero hace la suya.

    Porque a tercos sí que no nos gana nadie. «Vizcaíno, burro», suele decirse aludiendo a nuestra testarudez, que acaso llegue a ser muchas veces en nosotros un vicio, pero que es, sin duda, de ordinario nuestra virtud capital. Si no entra de otro modo el clavo, lo meteremos a cabezadas. Pero nuestra terquedad es menos violenta que la del aragonés. Toda la afabilidad que se quiera, pero a hacer la suya el vasco. «Los vascongados -suele decirme un amigo- no atienden ustedes a más razones que a las suyas propias; si se arruinan, será solos, sin empacharse de consejos ajenos, pero sin culpar tampoco al prójimo por ello.» Por tercos, más que por otra cosa, hemos sostenido dos guerras civiles en el siglo pasado, porque nos parecía que marcha demasiado de prisa el progreso político, sin acomodarse al social; para ponerle a paso de buey, lento, sí, pero seguro.

    Si hay algún hombre representativo de mi raza, es Iñigo de Loyola, el hidalgo guipuzcoano que fundó la Compañía de Jesús, el caballero andante de la Iglesia: el hijo de la tenacidad paciente. La Compañía, me decía una vez un famoso exjesuíta, no es castellana, como se ha dicho, ni española; es vascongada. Y vascongada hasta en sus defectos. Es vascongada en su terquedad pacienzuda, en su espíritu a la vez autoritario e independiente, en su horror a la ociosidad, en su pobreza de imaginación artística, en la fuerza para acomodarse a los más distintos ambientes, sin perder su individualidad propia. Y esto me lleva como de la mano a decir algo de lo que se ha llamado nuestro fanatismo.

    Fue el pueblo vasco de los últimos en abrazar el cristianismo, pero lo abrazó con tanto ahínco como retardo. No es para nosotros la religión una especie de arte supremo en que busquemos tan sólo satisfacción a anhelos estéticos, sino que es algo muy hondo y muy serio. No es extraño encontrar en nuestras montañas quienes vivan hondamente preocupados del gran negocio de su salvación, en un estado de espíritu genuinamente puritánico. Nuestro sentimiento religioso, hondamente individualista, no se satisface con pompas litúrgicas en que resuenan ecos paganos. Es por dentro un espíritu nada romano; la de un alma que quiere relacionarse a solas y virilmente con su Dios, un Dios viril y austero. El calvinismo hugonote empezó a arraigar en el país vasco-francés; uno de los primeros libros impresos en vascuence -si no el primero, el segundo-, fue la traducción del Nuevo Testamento hecha en 1571 por Juan de Lizarraga, un hugonote vasco-francés, bajo los auspicios de Juana de Albret. En el fondo de la más rígida e incuestionable ortodoxia, se descubre pronto en la religiosidad de mi raza un germen antilatino, germen que espero dará frutos. La misma Compañía de Jesús que fundó mi paisano Loyola para atajar la marcha del protestantismo, ¿no nació, acaso, como todo movimiento que pretende oponerse a otro, en el seno mismo en que éste se agita, en relación de unidad profunda bajo su oposición superficial? Los Ejercicios espirituales, de Loyola, ¿no son acaso uno de los libros más gustados entre protestantes? Si persiste o no hoy el primitivo espíritu ignaciano en la Compañía, es ya otra cosa.

    Se habla de nuestro espíritu reaccionario, cuando debía llamársele más bien conservador, en el mejor sentido. Queremos progresar al paso de la naturaleza, con calma, acomodando lo político a lo social. En el fondo del carlismo vascongado hubo siempre un soplo socialista; vislumbraba que se ha ahogado la libertad social bajo la política. Me decía una vez Pablo Iglesias que a nadie era más difícil de ganar al socialismo que al vascongado, pero que una vez dentro de él, era de los convencidos y de los sólidos, sin impaciencia ni desmayos.

    Sobre esa base de austera y seria religiosidad, de activo recogimiento, se levanta la familia vasca, bajo la autoridad del eche co jauna, del amo de la casa. Y junto a él su mujer, que con él laya en la heredad, una mujer robusta. De soltera, con las trenzas tendidas sobre la espalda, lleva a la cabeza la herrada, suelta, ágil y fuerte, con la gracia reposada del vigor, «asentándose en el suelo como un roble, aunque ágil además como una cabra; con la elegancia del fresno, la solidez de la encina y la plenitud del castaño…, amasada con leche de robusta vaca y jugo de maíz soleado»…, permitidme que reproduzca estas palabras de mi Paz en la guerra. Y es ésta luego una mujer que la maternidad priva sobre la sexualidad. Me han confirmado sacerdotes de mi país, que por el confesionario lo saben, que los rarísimos casos de adulterio que en nuestras montañas ocurren, se deben en gran parte al ansia de las mujeres por tener hijos, cuando el marido no se los da. Los desea y los necesita.

    Si su aspereza tosca no cultiva
    aranzadas a Baco, hazas a Céres,
    es porque Venus huya, que, lasciva,
    hipoteca en sus frutos sus placeres.

    Aquí observo bien dos hechos el travieso mercenario, aunque no acertó a relacionarlos. En el país vasco ni la extrema pobreza y desolada aridez que sume a los pueblos en incurable tristeza, ni la exuberancia y facilidad que los hunde en modorra e indolencia. Ahora que con las minas y las industrias ha empezado a acumularse una gran riqueza, ahora es cuando empieza a notarse algún cambio en el espíritu. Emprendedor y activo, sí, pero se ha hecho insoportable el bilbaíno por lo pagado de si mismo y de su riqueza y su convencimiento de pertenecer a cierta raza superior. Mira con cierta petulancia al resto de los españoles, a los no vascongados, si son pobres, llamándolos despreciativamente maquetos.

    Es antigua en el pueblo vasco la pretensión de nobleza, originada del aislamiento en que vivió. Para el aldeano vasco no hay más que una distinción entre las gentes; euscaldunac los que hablan euscara o eusquera como él, y erdaldunac los demás, los bárbaros, los que hablan cualquier erdara o erdera, nombre en que se incluyen todas las hablas que no sean vascuence. Y respecto a pretensiones de hidalguía, basta leer lo que a Don Quijote dijo Sancho de Aspeitia. Cuéntase también que diciendo un Montmorency, creo, delante de un vasco, que ellos, los Montmorency databan no sé si del siglo VIII o IX, contestó el otro: pues nosotros, los vascos, no datamos. Y Tirso de Molina hizo decir a don Diego de Haro que

    Un nieto de Noé les dió nobleza
    que su hidalguía no es de ejecutoria.

    Estos humos han producido ahora, a favor de la riqueza, una atmósfera irrespirable, pero es de esperar que digieran mis paisanos su riqueza y surja allí la cultura que canta sobre las chimeneas de las fábricas, como diría otro vasco, Maeztu, la que brota de expansión de vida.

    Se ha dicho alguna vez que el vasco es triste, y triste habría que creerle, a juzgar por los relatos de Baroja. Yo no lo siento así, sino que aspiro en mi país, y entre los míos, una alegría casera y recogida, y no pocas veces el estallido de gozo de la vida que desborda.

    Para alegría, la de mi país; una alegría como la del sol que sonríe entre jirones de nubes, sobre las montañas verdes, al través de la lluvia no pocas veces; una alegría agridulce, como la del chacolí o la sidra. Suele ser la alegría de dentro, no la que el sol os impone, sino la que brota del estómago saciado; no del cielo, sino del suelo. Suele ser la alegría a la holandesa que irradia de los cuadros de Teniers, la de sobremesa, tras pantagruélicas comilonas, no la que se nutre de manzanilla, aceitunas y cantos morunos. Hay que ver en la romería de la Albóniga, sobre Bermeo, cómo los intrépidos pescadores se desentumecen los miembros dando saltos y cabriolas, con una encantadora tosquedad, con la torpeza de gaviotas o alabancos que se pusieran a bailar.

    ¡Y si viérais una vuelta de romería, allá, al derretirse de la tarde, en los repliegues del sendero, entre las fuertes hayas cuyo follaje susurra extraños rezos! Vuelven cantando y saltando, cogida la moza no pocas veces por el robusto brazo de layador del mozo, riendo cualquier bobada, porque es la risa la que busca el chiste y no éste el que la provoca, abriendo la espita al chorro de vitalidad que desborda como de henchida cuba. De cuando en cuando arranca de un gaznate fresco un sanso o irrintzi, un relinchido, y sube como alondra, esparciéndose por el valle mezclado al rumor del follaje de los robles, y callan los pájaros, y vibra el cielo y se derriba al fin en el ámbito saturado de la santa alegría que del descanso del trabajo brota, aquel latido de un alma sencilla, que vive sin segunda intención y que sólo sabe expresarse así, inarticuladamente, en robusta oración al dios de la alegría y del trabajo, de la alegría seria y del trabajo serio.

    No; mi pueblo no es triste; y no lo es, porque no toma el mundo no más que en espectáculo, sino que lo toma en serio; no lo es, porque estará a punto de caer en cualquier dolencia colectiva, menos en esteticismo. El día en que pierda la timidez, cobre entera conciencia de sí y aprenda a hablar en un idioma de cultura, os aseguro que tendréis que oírle, sobre todo si descubre su hondo sentimiento de la vida: su religión propia.

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  3. Artículo sobre Unamuno de Luis Olarra

    El sentimiento vasco de Unamuno

    Harto de leer mentiras, falsedades y estupideces sobre la manera de pensar y sentir de Unamuno en los últimos meses de su vida – pues hasta hay cretino que llega, con un cinismo inaudito, a presentarlo como franquista- escribo estas líneas que reflejan el recuerdo, siempre vivo en mí, de la tarde que pasé con Don Miguel, en su casa de Salamanca, el día 15 de diciembre de 1936, quince días antes de su muerte; (acaecido esta en la misma habitación, sentado a la misma camilla, donde pasamos los dos la tarde).

    Yo llevaba ya un mes en Salamanca pero no me decidía a visitarle pues siempre veía guardianes – mozalbetes armados-.en el portal de su casa. Había quien opinaba que estaban de vigilancia para impedir que se escapara; otros se mostraban convencídos de que eran fieles amigos dispuestos a protegerle en el caso de que alguna cuadrilla de asesinos, que tanto abundaban en la época, intentara atacarle. Estaba muy viva todavía la terrible escena con aquel general energúmeno en la Universidad! Aquel general que paseaba por la ciudad besando a la que se le antojaba -moza o casada- -sola o acompañada – antes de que la infeliz pudiera escaparse horrorizada ante aquella piltrafa de antropophitecus erectus, que – más que en campos de batalla- parecía haber perdido sus trozos en un matadero municipal. Dios lo tenga en su gloria, como pide Peman en uno de sus artículos en el A.B.C. Este Peman que no tuvo el arranque de defender a Don Miguel ni de acercársele siquiera cuando la acometida del loco en la famosa «fista» universitaria de la hispanidad, y que ahora quiere quitar importancia al hecho describiéndolo como si no hubiera ocurrido apenas nada.

    Y vamos con Don Miguel. Aquella tarde de 15 de diciembre, viendo que el portal aparecía solitario, me decidí a subir al piso. Me abrió la puerta una de sus hijas y me invitó a pasar; a los pocos momentos apareció su padre: Don Miguel de Unamuno. Alto, fuerte, erguido; su caballera y barba blancas, el rostro, de un color rosa dorado como el de la piedra plateresca de la maravillosa ciudad; sus ojos … no, no tenían esa apariencia de buho que tantas veces hemos visto en caricaturas y dibujos; antes daban la impresión del águila, el águila real, que, en ciertos momentos de su conversación parecía clavar sus garras sobre sus enemigos asesinos y ladrones.

    Vestía un chaquetón grueso, azul marino. Y Don Miguel, primero de pie y luego sentado a la famosa mesa camilla, habló. Me refirió a grandes rasgos, en son de burla hacia el generalote -era un «vasco decidido y valiente» este D. Miguel- su pelea universitaria en la que estuvo a punto de ser asesinado (con permiso del Sr. Pemán); no le daba gran importancia a lo ocurrido, y se – mostraba satisfecho de su actuación. Luego, más acalorado, me contó lo que yo sabía: que todos los días sacaban dos o tres camiones llenos de gente para asesinarlos en las afueras – el famoso «paseo» que tantas veces se atribuye a los rojos -esto lo sabía con certeza porque venían a contárselo algunos falangistas disconformes asqueados de tanto crimen. Se exaltaba al referirlo. Ahora comprendía también el odio popular, tan arraigado en el alma del Pueblo, hacia la Guardia Civil, que estaba cometiendo atrocidades terribles, sobre todo por Extremadura, torturando a mujeres y niños. Habló de la bandera roja y gualda, cuyo amarillo representaba el pus y cuyo rojo era sangre. «Pus y sangre» era la bandera que enarbolaban los nuevos salvadores de España. Y D. Miguel gritaba, frenético, que ya no podía aguantar y «un dia saldré- y en medio de la Plaza Mayor llamaré- asesinos a Franco y sus secuaces».

    Aquella misma mañana había subido a su casa un grupo de jóvenes exigiendo algún óbolo para gastos de camaña. «Al oirselo a mi hija, he salido yo mismo a la puerta y lo he echado escaleras abajo llamándoles asesínos.»

    Pregunté: – ¿No teme que vengan a buscarle un día ?

    – Si vienen a buscarme me sacarán muerto.

    Estaba de pie cuando lo dijo; sus palabras y el tono en que las lanzó me produjeron una sensación de ultratumba. Sentí un escalofrío. No en vano las había pronunciado el mismo que escribiera «Del Sentimiento Trágico de la Vida». En aquella época se encontraba uno a menudo con cadáveres en las cunetas de las carreteras, se oían tiros y gritos en todo momento, uno mismo estaba a punto de ser arrastrado cualquier día, pero nada me había dado tal impresión de acabamiento como esa palabra «muerto» en labios de aquel hombre que tanto habla «agonizado» por creer en una resurrección, por tener fe en una supervivencia, fe ansiada pero no lograda pues su clara inteligencia cerraba las puertas a su acceso. Yo le veía, alto, grande, enorme, como un personaje bíblico, abriendo hondura a la muerte.

    Y siguió. De todos estos crímenes sólo se salvaban los vascos. «Yo que me he pasado la vida combatiendo el nacionalismo»…- Se siente Vd. nacionalista- fue mi interrupción apresurada y estúpida.

    «Sí … casi, casi, puedo decir que me siento nacionalista vasco».

    Estas fueron sus palabras. Siempre estuve, y estoy, convencido de que mi interrupción , como digo, tan estúpida, fue la que obligó al buen Don Miguel a colocar el «casi, casi». No era amigo de que se le interrumpiera, y menos aún de que se le encasillara. iQuince días antes de su muerte, rodeado de horrores, se sentía nacionalista vasco! Se enorgullecía de la caballerosidad del combatiente vasco, del gudari, en aquella guerra de «pus y sangre».

    Al despedirme no me atreví a pedir ningún autógrafo ante el temor de una detención que, en aquellos momentos, significaba la muerte. Me dijo que escribía a un inglés – no recuerdo su nombre refiriéndole los crímenes que cometían. iPobre Don Miguel que soñaba iban sus cartas camino a Londres! ¡dónde estarán y quién guardará aquellas cartas!

    «i Me sacarán muerto !» Fui mi impresión más honda. Y así lo sacaron a los pocos dias. Muerto -y tan muerto- pues de haber quedado un soplo de vida, se alzara airado a clavar su garra sobre aquellos enterradores -sus enemigos- que ya comenzaban con sus saludos, uniforme y pamemas a representar la farsa de un Unamuno falangistoide.

    iY tan muerto como estaba el buen vasco y batallador -Tan batallador y tan vasco- D. Miguel!

    Y termino deseándole lo que su gran amigo Antonio Machado, el buen Antonio dice en su «En el entierro de un amigo».

    Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa
    Larga paz a tus huesos …

    Definitivamente
    Duerme un sueño tranquilo y verdadero.

    Este artículo lo escribió Luis Olarra, al poco tiempo de morir el filósofo bilbaíno. Fue publicado, sin firma, en la revista «Alderdi» (nº 214-215) en 1965.

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  4. Poema completo de Machado

    En el entierro de un amigo

    Tierra le dieron una tarde horrible
    del mes de julio, bajo el sol de fuego.

    A un paso de la abierta sepultura,
    había rosas de podridos pétalos,
    entre geranios de áspera fragancia
    y roja flor. El cielo
    puro y azul. Corría
    un aire fuerte y seco.

    De los gruesos cordeles suspendido,
    pesadamente, descender hicieron
    el ataúd al fondo de la fosa
    los dos sepultureros…

    Y al reposar sonó con recio golpe,
    solemne, en el silencio.

    Un golpe de ataúd en tierra es algo
    perfectamente serio.

    Sobre la negra caja se rompían
    los pesados terrones polvorientos…

    El aire se llevaba
    de la honda fosa el blanquecino aliento.

    —Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,
    larga paz a tus huesos…

    Definitivamente,
    duerme un sueño tranquilo y verdadero.

    Antonio Machado

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