El soneto 116 de Shakespeare en «Sentido y sensiblidad»

El soneto 116 es el poema que resume la interpretación que hace  Emma Thompson (guionista y en el papel de Elinor en la película) de la obra de Jane Austen

(fotos tomadas durante  la presentación de la película el pasado viernes)
Soneto 116

Déjame que el enlace de dos almas fieles

No admita impedimentos.

No es amor el amor

Que cambia cuando un cambio encuentra,

O que se adapta con el distanciamiento a distanciarse.

¡Oh, no!, es un faro eternamente fijo

que desafía a las tempestades sin nunca estremecerse;

es la estrella para todo barco sin rumbo,

cuya valía se desconoce, aun tomando su altura.

No es amor bufón del Tiempo, aunque los rosados labios

Y mejillas corva guadaña sigan:

El amor no varía con sus breves horas y semanas,

Sino que se afianza incluso hasta en el borde del abismo.

 

Si esto es erróneo y se me puede probar,

Yo nunca nada escribí, ni nadie nunca amó.

William Shakespeare (no se olvide el día internacional del libro)

1 comentario en “El soneto 116 de Shakespeare en «Sentido y sensiblidad»

  1. Capacidad de enamorarse

    Después de darle muchas vueltas, un grupo de científicos ha localizado el lugar exacto en el que se agazapa la capacidad de enamorarse. Tal como ya nos temíamos, está en el cerebro. De confirmarse los resultados, la investigación refutaría la teoría de que el tamaño no importa: sí que importa, mejor cuanto más pequeño. Con otras palabras, pero hace siglo y medio que Baudelaire ya lo dejó escrito: “No hay mejor cosmético que la estupidez”.

    La investigación, a cargo de científicos estadounidenses y suizos -es decir, las respectivas mecas de la invasión militar y el secreto bancario, dos asuntos íntimamente vinculados al amor- sitúan el epicentro de los sentimientos afectivos en la misma zona en la que habitan las adicciones. Al igual que sucede con fumar, debería estar prohibido enamorarse en espacios cerrados, se generan alrededor enamorados pasivos. En cualquier caso, toda velada romántica es, en última instancia, una narcosala, de ahí la necesidad de un mínimo de intimidad.

    Cada romántico es un yonki. Ahí tenemos el ejemplo de ‘Papuchi’, el William Burroughs del amor. Sin embargo, lo que el estudio no dice es que a diferencia de otros estimulantes y opiáceos, el amor impide el autodiagnóstico. Nadie se imagina confesándose enamorado y a la vez, apostillando “pero lo tengo controlado, puedo dejarlo cuando quiera”. En cuanto a las dosis, el informe científico advierte también de que los puntos del cerebro que se encienden ante la presencia de la persona amada van cambiando cuanto más tiempo se pasa junto a ella. Este dato explica que en este mundo existan tanto las órdenes de alejamiento como los safaris por Bostwana.

    Todo apunta a que nos damos excesiva importancia. Al final, cualquier sentimiento humano puede traducirse a una fórmula química escrita a tiza en una pizarra, mediante un proceso de reducción no muy diferente al que se utiliza en la confección de algunas salsas. Localizado el laboratorio en el que Neruda fabricó sus veinte poemas de amor, ya sólo queda desarticular el zulo del que salen las canciones desesperadas.
    Cupido Post

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